-Un café ni corto ni largo con leche y dos sobres de azúcar, por favor.
-Un café solo, gracias.
Nos miramos. No quise aguantar la mirada. Hacía frío y llevaba guantes de colores, un abrigo negro que parecía abrigar y una bufanda oscura. Pantalones negros y...¡no podía verle los zapatos!
Me estiré ligeramente para satisfacer mi curiosidad en momento en el que él también lo hizo para recoger su café recién servido.
-¿Busca algo en concreto?-me preguntó de pronto.
Estaba a unos centímetros de mí.
-Creo que he perdido un pendiente.
-No es por desilusionarla pero creo que ha perdido los dos.
Me ruboricé notablemente.
-¿Eran importantes?
-No mucho.
-En ese caso lo superará-dijo sonriendo-. Encantado.
Se dio la vuelta para marcharse y no pude evitar decir:
-El café está más bueno con leche.
Se giró sobre sus pies y volvió a estar frente a mí.
-Entonces ya no es café.
Llevaba unas zapatillas grises con los cordones atados de aquellas maneras.
A la mañana siguiente lo busqué pero no encontré su rostro entre la multitud. El resto de días de aquella semana corrieron la misma suerte. Un martes cualquiera entré despreocupada al bar y me encontré con sus ojos chispeantes. Tenía la sonrisa llena de espuma a causa de la nata. Me sacó la lengua divertido y yo me reí como una estúpida.
-Creía que el café con algo no era café.
-El café Irlandés es siempre café Irlandés.
-¿Siempre te las ingenias para tener razón?
-No siempre-sonrió.
-Soy Carla, por cierto.
-Yo Alberto-respondió con dulzura- Perdone, un café ni corto ni largo con leche y dos sobres de azúcar, por favor.
Sonreí con complicidad.
-¿Sabes? Me gusta el frío-dijo de pronto- Te deja aletargado por dentro y deseas entrar en calor pero cuando lo consigues y sales a la calle agradeces de nuevo la temperatura.
A la mañana siguiente él cambió de café, yo no. Pasaron semanas, incluso meses. Compartimos curiosidades, manías, secretos, confesiones. A veces estábamos horas hablando, a veces simples minutos. Nunca sabíamos de donde venía el otro ni a donde se marchaba al despedirnos. No sabíamos nuestros apellidos, ni si estábamos solteros. Sabíamos otras cosas. Yo sabía que le gustaba el chocolate amargo y ver la tele en la cama por las mañanas los domingos, que odiaba el fútbol y fumar. Conducir le relajaba y aún se ponía nervioso la noche de Reyes. Me bastaba con eso.
Cuando volví del baño un día no del todo especial al lado de mi taza había un pequeño paquete envuelto con mucho esmero. Lo abrí y descubrí los pendientes más bonitos que había visto jamás. No parecían muy caros pero tenían algo que los hacía ser únicos. Descubrí una nota junto a ellos. 'Pide dos cafés a tu manera y reúnete conmigo en la calle Amsburg. Quiero cambiar tu vida'
Llegué al lugar de encuentro. Era Navidad y todo estaba plagado de luces. Hacía un frío considerable, la gente hacía compras a nuestro alrededor, todo se movía deprisa. Yo sólo le veía a él con su gorro de lana granate y sus botines desatados.
-Hola- dije al llegar junto a él.
-Estás preciosa-respondió.
-Mientes.
-Sabes que siempre me las ingenio para tener razón.
-Casi siempre.
-Esta es la calle más fría de la ciudad. Está conectada con seis bocacalles que hacen de galerías inundándola de aire. Cada vez que quiero valorar una decisión importante vengo aquí. Has sido como una de estas calles en mi vida, me has llenado de oxígeno por dentro. Nunca te he contado esto pero el día que nos conocimos mi padre murió. Entré a ese bar como podría haber entrado a otro pero en ese estabas tú.
Enmudecí con sus palabras.
-Llevabas un abrigo verde y un pañuelo morado con tus vaqueros desgastados y tus converse color vino. No llevabas pendientes ni pulseras. Olías dulce. Cuando abriste la puerta el aire me trajo tu olor. Hablamos y al día siguiente vine aquí porque no quería enamorarme de ti. Eras demasiado encantadora. Caminé durante horas. Y de pronto caí en la cuenta de que no recordaba el color exacto de tus ojos, verde musgo o más tirando a miel. Supe que tenía que volver a verte.
Seguía sin palabras con las que responder.
-Mi anterior relación duró mucho. Demasiado diría yo. Cuando más la quise me dejó. Por mi hermano. Como verás me he quedado un poco solo en la familia.
-¿Quieres dejar de hablar ya? ¿Has olvidado que estamos en la calle más fría de la ciudad?
El aire nos cortaba la cara y la respiración, tenía las manos heladas.
-¡Oh, claro! Lo siento.
Se estaba quitando la chaqueta cuando dije:
-Mi idea era sobrellevar el frío de otro modo.
Sonrió y el recuerdo de su sonrisa espumosa vino a mi mente. Me acerqué más a él.
-El caso es..
-Cállate ya.
Le besé. Ni fuerte ni suave, ni dulce ni amargo. Fue un beso precioso. Puso las manos en mi cintura y me sostuvo en el aire alargando nuestro momento. Me colgué de su cuello y me entregué a sus caricias y a su piel. Enloquecía con su olor, con su contacto, con sus manos.
-Sabes a café.
-Esta vez los he pedido a tu manera.
Mi favorito sin lugar a dudas.
ResponderEliminarHaces que mi faceta de actriz frustrada y dedicación al cine se desate y viva. Escribes cómo sientes y sientes cómo escribes y es cualidad que muy pocos poseen.
La sensibilidad de la letra, de los cafés. Irremediablemente después de leer uno de tus textos me saben a poco mis palabras y no sé que decir ni que escribir, que poder apuntar para ensalzar lo mucho que me llegas con tus escritos.
Tan sólo decirte, Alicia, que me los he leído varias veces, que he notado de nuevo la piel erizada con el fragmento de Crash y que tengo que quitarme la estúpida manía de encontrarme parecido con las féminas de tus historias. Va directamente a favoritos en mi lista de Google, y lo hojearé día tras día.
Con chuches y a lo loco. Que sepas que cada entrada de blog ha ido acompañado por un Osito de Haribo, así, haciendo publicidad subliminal para que haya controversia cuando un guionista de Alejando Aménabar o el de Forrest Gump te pida consejo en 'esa escena' crucial. :)
Soy Pilila.
Osea, otra Carla, a la que le gusta mucho robar el segundo sobre de azúcar en las cafeterías y que ahora nunca lleva pendientes. ;)