Caminaba de vuelta a casa. Caminaba mirando a
su alrededor sin detenerse en nada en concreto. Y el sol de septiembre le
bañaba la cara. Era una sensación dulce. Las copas de los árboles bailoteaban
animadas con torpeza, como el primo que te saca a bailar en una boda pero es
demasiado alto para seguir el ritmo acompasado. Sus pies decididos por el
camino que otras tantas veces había andado y desandado. Se dio cuenta a medida
que avanzaba que el aire que respiraba cambiaba a cada segundo, que los nudos
que le ataban a esa casa eran tan frágiles que podía deshacerlos sin necesidad
de mucho esfuerzo y atarlos a otro lugar. Las raíces que le sujetaban a la
tierra se secaban al contacto del mismo sol que le acariciaba la piel. Era
extraño, confuso. Crear un hogar como lo llaman no es otra cosa que sentirte en
casa aunque no lo sea. Tu casa puede ser unos brazos que te envuelven y te
protegen haciéndote sentir fuerte, unas manos agrietadas que conoces y recorres
con las yemas de tus dedos con los ojos cerrados y la boca entornada, sonriendo
al contacto de las terminaciones nerviosas acariciándote las entrañas. Nada es
eterno, todo avanza. El cambio, el desconocimiento es el que aterra a algunos y
es motor de movimiento para los soñadores despiertos.