domingo, 10 de noviembre de 2013

Destellos letales.

Aquella melodía taladabra su martillo, su yunque y su estribo. Su melodiosa voz. Llevaba triste décadas, sabía de sobra la razón. Pensó en el olor de la lluvia aquella tarde de Noviembre y le pinchó el corazón, le rasgó el pecho y se quedó sin aire durante un instante. Se agarró al borde de madera de la mesa de su escritorio de nogal y dejó que el peso de basculara y le permitiese sentir efímera, ligera, valiente. Tragó saliva y el dolor le atravesó la garganta haciéndole toser. No miró el pañuelo, sabía a ciencia cierta que estaría teñido de carmesí. Las rodillas le flaquearon y cayó de bruces contra el suelo. Se le astillaron los cartílagos y los ojos se le llenaron de lágrimas. Sus hombros convulsionaron para dar paso al llanto. Sus manos envolvieron su cuerpo meciéndolo con cuidado. El frío del mármol se le metió hasta el tuétano. Escupió veneno una vez más. Alargó la mano y rebuscó en su bolsa de mano. Acababa de venir a un viaje largo, uno de esos que haces enlazando trenes del destino y cruzando mares de mala suerte. Encontró lo que buscaba. La examinó con la luz que se filtraba entre sus cortinas blancas de suave y vaporoso lino. Era brillante, centelleaba radiante de cortesía letal. Era su salvación. Por fin tras muchos meses sonrió. Fue una sonrisa amarga y turbia. Sujetó fuerte entre sus dedos la fina cuchilla que le devolvía el reflejo de sus ojos color miel. La dulce y empalagosa miel que tanto odiaba. No dudo más.

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