viernes, 8 de noviembre de 2013

Hogar, dulce hogar.

Te solías esconder detrás del sillón dejando tus calcetines de rayas negras y grises al descubierto. Yo me quitaba las botas en la entrada para no hacer ruido. Iba despacio hasta ti y en el último momento me tiraba encima gritando y riendo sin parar. Me gustaba legar a casa así los lunes. Y los martes. Y todos mis días. Tú me llevabas en brazos a la cama y te inventabas una historia divertida que contarme cada noche. Cambiabas nuestros nombres y nos ponías apellidos que sonaban importantes. Willen. Frinchersen. Serigan. Tus ojos brillaban en la oscuridad. Eras mi lobo preferido. Tus manos rozaban las mías sin cogerlas sobre el frío colchón y yo juntaba mis pies a los tuyos esperando que tu calidez los envolviera. Me quedaba dormida escuchando la cadencia constante de tu respiración. Olías siempre de la misma forma. Dulce y permanente. Podía notar como tu aroma viajaba por el aire y se acomodaba sobre mi piel como un manto que me protegía de los fantasmas y los malos sueños. anudaba con cuidado esa capa alrededor de mi cuello y me queda quieta, muy quiera, temerosa de que un mal movimiento rompiera el hechizo que ejercías sobre mí. Los días de tormenta me abrazabas por detrás rodeándome con tus brazos y me dabas besos al sonido de cada trueno. Me quitabas el miedo. Cuando amanecía te levantabas en silencio y bajabas la persiana para que la luz no me despertara. Yo te escuchaba hacerlo y sonreía bajo la sábana. Te marcabas sin decir nada y volvías con café y tostadas. Casi siempre un poco quemadas. Me daba igual No entendí por qué te fuiste. No entendí el mensaje que dejaste en mi contestador. Cinco palabras que cambiaron mi vida para siempre. "Siento no haberte conocido antes". ¿Antes de qué? Me preguntaba yo. ¿Antes de quién?

***

Algunas noches al llegar a casa tú ya estabas dormido. Iba al dormitorio, me quitaba la ropa y me ponía el pijama. Es una de las mejores sensaciones en el mundo, ¿no crees? Preparaba el despertador para el día siguiente, iba a la cocina y me servía un vaso de agua fría para tomarme la pastilla de la suerte. Después volvía a nuestro cuarto, desabrochaba mi colgante y lo depositaba en la mesilla. Apagaba todas las luces excepto la de mi lado de la cama y entonces te vía. Tu piel brillaba en la oscuridad, siempre estabas tan hermoso... Lo último que hacía era quitarme los calcetines y acomodarme junto a ti, recorrerte la cara con la yema de mis dedos. A veces te revolvías con el contacto pero otras ni lo notabas. Te daba un beso en los labios y me quedaba dormida. Cada mañana la luz estaba apagada. Nunca me dijiste que te molestara aquella manía mía. No puedo creer que nunca te contara mi ritual, ¿de verdad que no lo hice?



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