-¿Saben ya los señores lo que va a ser?
-Los dos tomaremos risotto de primero y besugo al horno de segundo.
-¿Cuándo has decidido que me apetece comer lo mismo que a ti? ¿Antes o después de elegir el restaurante, la hora de la reserva, los pendientes y el vestido que debía ponerme...?
El camarero dejó de apuntar la comanda y se quedó mirándome pensativo. Yo no reparé en él. Estaba demasiado abatida.
-Cariño, no seas caprichosa y no montes una escena. Está bien-dijo mirando al camarero- de beber sírvanos una botella de Nodus y para hacer más llevadera la espera tráiganos dos Martini Gold.
-No aguanto más-dije irritada.
Las lágrimas me emborronaron la visión y me sentí tan pequeña que la habitación comenzó a girar a mi alrededor.
-Disculpe-dijo el camarero con voz áspera pero cálida-tal vez la señora quiera hacer alguna modificación en el menú. Todavía no es demasiado tarde.
Me sonrió guiñándome un ojo que se escondía tras uno de los mechones que caían revoltosos por su frente.
-Señorita-espeté yo.
-Ya veo. Si me permite la impertinencia tiene usted cara de lasaña de setas, espárragos trigueros y queso fresco con frutos secos.
Mi cara cambió de expresión y mis músculos se relajaron.
-Creo que de segundo le apetece el solomillo a la piedra con reducción de Oporto y guarnición de cebollas francesas.
-¿Es usted adivino?
-Vidente.
-¿Y qué más alcanza a ver?
-Por su nariz diría que de postre elegiría tarta de frutos rojos.
-¿Qué le pasa a mi nariz?
-Digamos que parece la hermana de Rudolf.
Sonreí y noté como me ruborizaba.
-Sí, no hay duda de que son familia-añadió malicioso.
-¿Cuánto más va a durar esta pantomima? Haga el favor de retirarse, traer lo que le he ordenado y no volver a aparecer por nuestra mesa. Voy a pedir un cambio de servicio, esto es una vergüenza.
-¿Sabe?-añadió dirigiéndose a mí-podría tener todo lo que quisiera, antes la he visto entrar y la sala se ha iluminado únicamente con su presencia. Es una princesa encerrada en el cuento que no le corresponde vivir. No hay pociones, no hay encantamientos ni maldiciones. Sea libre y decida el rumbo de su destino. Cambie el menú, comience por el postre si es lo que quiere. Pida perdices y sea feliz.
Me levanté decidida de la mesa, cogí su mano y se la apreté en un gesto de infinito amor No le conocía pero en dos minutos había comprendido la encrucijada que durante años llevaba silenciando una figura soberana.
-¡Catherine! ¿Dónde crees que vas? ¡Siéntate ahora mismo y no me pongas en ridículo!-dijo el hombre que tenía delante.
-Voy a saltarme esta parte de mi cuento, la parte en la que la princesa escapa de la torre y es perseguida por el ogro que se esfuerza en retenerla en la fortaleza encadenada a una vida que no le pertenece. Voy a saltarme la fuga, los forcejeos, los gritos y las faltas de respeto, me voy directamente a la parte feliz. No significa que ahí acabe mi cuento porque este es sólo el comienzo.
No me importa que no haya una calabaza esperándome fuera, no estamos en Halloween. No me importa que nadie intente probarme unos zapatos de tacón, siempre he creído que llevar unos zapatos de cristal tenía que ser un tormento. No me importa que al cantar los animalillos del bosque no vengan a mi encuentro y se posen en mi cuerpo, sé que canto tan mal que podría desencadenar un ciclón que durase décadas en el tiempo. Seré la heroína de mis historias, cabalgaré sin corcel, sin una larga melena que ondee al viento. Conoceré a un príncipe verde que me haga enmudecer, no porque no deje que hable sino porque tema romper nuestro momento. Disfrutaremos de besos eternos y al final de la historia siempre habrá una siguiente parte.
-¿Cuál es su nombre?-dije mirando al joven de mirada brillante que estaba a mi lado todavía con nuestras manos enlazadas. Había ojos de curiosos puestos en nuestras palabras y movimientos.
-Si voy a formar parte de tu cuento quiero llamarme Sherman.
-¿Tienes un nombre que pueda recordar después de una copa de vino?
-Me llamo Marcus.
-Me gusta, va a juego con tu sonrisa.
-Eres nefasta jugando a ese juego.
-Soy consciente de ello.
-¿Blanco, tinto o rosado?
-¿Perdón?
-Nuestra copa de vino...
-Hacía tiempo que no me dejaban decidir, no sé si todavía me acuerdo de cómo hacerlo.
-No tengo prisa, tómate tu tiempo.
-¿Te queda mucho para terminar tu turno?
-Puedo despedirme en este preciso momento.
Abrí la boca para replicar.
-Eras mi última comanda.
-No he llegado a pedir, lo tuyo han sido suposiciones.
-¿Qué será entonces, señorita?
-Un trozo de tarta de nueces y una copa de Veramonte.
-Conozco el sitio perfecto.
Salimos del restaurante riendo, cómplices de nuestra pequeña batalla. Mis tacones sonaban decididos, los había elegido yo. Me hacían volar entre las calles mojadas sin gravedad, dueña de mis actos y decisiones, ama y señora de mis locuras, mis dulces locuras que sabían a victoria.
El capítulo que se acaba de abrir era el inicio del final de una saga pero por aquel entonces yo todavía no era consciente de ello.
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