Pasó la mano por la corteza del árbol. Brillaba el sol aquella mañana. Llevaba bufanda y empezaba a agobiarle. La amargura anidada en cada poro de su piel y la fortaleza palpitando en sus labios marcados de color carmesí. Se tocó los bolsillos buscando un cigarro. Las uñas con restos de esmalte granate, coleta alta y los ojos apenas pintados. Sacó un papel perfectamente doblado y tachó un par de direcciones. Lunes con sabor a merengue. Se dio cuenta de que sus botas pedían un cambio de suelas. Aún podían aguantar un par de conciertos más. Olía dulce. Tenía la cara helada pero las manos calientes. Se encendió el cigarrillo con una cerilla y dejó que ésta se consumiera entre sus dedos. Cuando el calor le quemó la piel una lágrima brotó de sus ojos. No a causa del dolor físico sino del que sentía entre sus huesos pero sonrió. Fue una sonrisa bonita, de esas que se enmarcan y se cuelgan en una pared con gotelé. Se echó a andar. El humo era el único testigo de que había estado allí. En unos segundos él también desparecería. Il volé avec moi. Te espero al otro lado de la nube con forma de frambuesa.
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