Altos y bajos, sobresaltos. Ritmo descontrolado. De pronto quietud. Piensas que ha terminado y el público tiene ganas de aplaudir pero se oye de pronto una nota de fondo que baila con la melodía. Se persiguen en su propio juego de azar. Suena de entre la nada, tímida y balbuceando pero se eleva, se crece y renace. Sale a la superficie. Rompe con el espacio y el tiempo y estalla llenándolo todo de color. No puedes verlo pero sí sentirlo. Hablan de la luz al final, hablan del más allá. Todo está en calma de pronto y transcurre a cámara muy lenta. Los detalles se aprecian en su máxima expresión. El tacto es tan sensible que cuesta distinguir lo que percibes de lo que no. Las pupilas dilatadas y la boca seca. Crees que ha llegado la hora de bajar el telón, que se ha acabo tu función. Y de pronto, cuando todo se apaga, cuando la acústica pierde, cuando la escala se dispara y cae en picado algo sucede. Algo encaja. La obra cobra su esplendor. Los agudos se acentúan, los graves mecen la respiración. Repiquetean los trémolos, acarician los armónicos y el ritmo vuelve a su posición. La flauta sopla la energía. ¿Conoces la sensación? Nadas a contracorrientes, te aferras al abismo, pides que todo acabe y que deje de causar tanto dolor. Lágrimas impotentes y pulsaciones exigiendo su propio control. Florece la esperanza, resuena la percusión. Se siente el ambiente del ganador. ¿Has estado alguna vez al borde de la muerte? Vuelves para quedarte, para abrazar la tristeza y para acomodarte de nuevo al viaje. Pasas las yemas de los dedos por el cinturón y notas tu cuerpo suspendido en el aire, perfectamente inmóvil. Cierras los ojos, el aire te colapsa y es entonces cuando suena una pieza de música clásica.
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