jueves, 21 de noviembre de 2013

La historia de mi museo.

Fue un jueves, no podía ser de otro modo. Me senté en medio de la estancia y respiré profundo. Noté su presencia al instante y no me hizo falta preguntar. Olía a vida. Olía a hogar. Sus manos se entrelazaron con las mías tejiendo las raíces de mi humanidad. Noté la sangre palpitante en la unión y sonreí con tranquilidad. Ella pasó sus dedos por mis labios y se los besé con dulzura. Sabía que no había nadie más a nuestro alrededor, había adquirido el hábito a base de años de tropezar, de gritos y lamentos, de bocinas de malnacidos pero a los que agradecía seguir viviendo. Me puse los auriculares y una melodiosa voz en inglés me abrazó. Ella se recostó en mi hombro. Todo estaba oscuro, como siempre, como desde hacía algunos años pero algo sucedió de pronto. Algo que todavía no había tenido lugar. Imaginé colores, los proyecté. Puse toda mi capacidad en recordar mi sala de museo, mi lugar preferido. Las lágrimas bañaron mi rostro. No me había permitido llorar desde que perdí la vista pero no me sentí frágil al hacerlo.

-Descríbeme la sala, Lana.

Apagué la música y saludé al silencio con complicidad. 

Ella incorporó su cuerpo y sentí como sus músculos se contraían alerta empapándose con todos los detalles. Se había convertido en mi manantial de realidad. Me describía la comida que cocinaba mientras yo me limitaba a escuchar entornando la cabeza como si pudiera ver lo que oía. Me describía los muebles una y otra vez mientras yo memorizaba su tacto. Me describía la ropa que compraba mientras yo la apreciaba por su suavidad. Era fuerte, mi árbol de la vida, mis ramas, mis hojas y mi tronco perfectamente recto. 
Yo sólo echaba de menos sus ojos, todo lo demás estaba bien sin estar. Los echaba tanto de menos que maldecía cada día estando lejos de ellos. Estaban trazados por pinceladas de verde musgo rodeado de una corona de miel alrededor de la pupila tan dulce y protectora que embelesaba. Me gustaba decirle que sus ángeles de la guarda habitaban en ella. Me sonreía brillando de emoción. Sujetó mi mano fuerte y se tensó todavía más comprendiendo mi frustración.


-Están todas, cariño. Ninguna quería perderse tu visita.

Belinda ha peinado su trenza esta mañana con esmero y reposa perfecta sobre su hombro derecho. Sus ojos son dos almendras garrapiñadas y sus labios puro volcán en erupción. Te sonríe con cierta amargura porque no puede tocarte pero le gustaría. 


Yvonne está mejor de su operación, se la ve menos hinchada. Todavía le duele, tiene la mandíbula tensa pero los glaciares de sus ojos comienzan a fundirse. Sigue poniéndose guapa, los reflejos caoba en su larga cabellera la delatan. 












Ahn está hoy más feliz que nunca. Se ha puesto los pendientes que le regaló su abuela, dos aros finos de plata no muy grandes. Su pelo, recogido tras las orejas, está tan liso y sedoso que parece un casco. Es nuestra guerrera, ya lo sabes. Sus ojos de resina hoy resplandecen hermosos. Me gusta como le brillan los labios, parecen hechos de gominola. Sus cejas son tan finas que parecen perfiladas a carboncillo, me inquietan. 












Alba, sin embargo, está triste. No le gustan los días en los que no sale el sol. Sonríe pero pide a gritos mar, arena, sal, vida. Su pelo ondulado y su camiseta a rayas azules y blancas lo evidencian tanto que me hace gracia que no se esfuerce en disimular. Conoce su alergia pero no teme a exponer su fina y delicada piel, es valiente e inconsciente.




Jessica hoy nos desafía con su flequillo desfilado y sus trenzas de espiga acariciando sus omóplatos. No está bien. Echa de menos a su padre amasando el pan y el olor a harina cruda. Echa de menos la magia de la levadura y dar colines a los niños que lloriquean cuando la hora de comer se acerca. Echa de menos su panadería y a su abuela leyéndole sus recetas más escondidas antes de dormir cada noche. 


Ada sigue sin recibir la llamada del misterioso hombre del bar. Ha envejecido desde la última vez que nos vimos y en cada una de sus canas hay una madrugada en vela consumiéndole el alma. Ha planchado su camisa sin dejarse un recoveco pero el riguroso negro aumenta todavía más la oscuridad de sus pequeños ojos casi consumidos por completo de carbón. Se está apagando cada día más. No sonríe, sólo nos enseña su sonrisa cansada de mantener la compostura día tras día. Cansada de su constante calma.










Katryn está igual que siempre, se mantiene en no dejarse denudar. Sus ojos de serpiente letal nos observan y su pelo trapezoidal juega con la gravedad. El día menos pensado se lanza y le cuenta la verdad a Lauren. Está esperando que llegue la temporada de fresas. Quiere apostar sobre seguro. No es fácil contarle a una hermana que tienes cáncer.









Karen ha decidido dejar de mentir haciendo creer que es rubia así que sus raíces se desperezan comenzando a cobrar vida. Está contenta. Me apetece abrazarla y dejar que ella me abrace con el azul celestial de su mirar. Me tiene encandilada.


Lauren está preocupada, su hermana sigue sin dar ninguna señal. Sigue vistiendo su gabardina verde militar. Esta mañana no le apetecía luchar contra su media melena y ha decidido dejarse ganar. La preocupación se retuerce en su mirada con ecos de mar. El día menos pensado contacta conferencia vía caracola con Katryn. No es normal que se fuera hace tantos meses y que todavía no se haya dignado a llamar.  











Lysa está bien, pero eso no es ninguna novedad. Tengo que decirle que se destape un poco más. Se vería más bonita, más angelical. Me gusta su peinado, ecléctico, eléctrico, cargado de verdad. Hoy ha maquillado sus ojos de toffe. Sonríe cómoda, natural. Le apetece un café, no lo dice pero lo sé.









Y por último, Úrsula. Hoy se ha levantado de la cama, se ha recogido el pelo en un moño y se ha puesto los pendientes que llevaba el día que se separó. Sólo se nota un atisbo del feroz sobre su ceja derecha, se ha maquillado a conciencia. Los surcos de sus mejillas me transportan a casa, tengo ganas de llorar. Ha sufrido tanto que ahora sólo me transmite paz. No nos mira, hace tiempo que no se atreve a mirar a alguien directamente a los ojos. Gracias a un cobarde sin piedad ya no sabe lo que es amar. Pero hoy está desafiante, en armonía con su cuerpo. Lo cubre pero lo siente suyo. Ya no le duele el pecho al respirar, ya no se ahoga ni siente a cada instante el olor a gasolina. Poco a poco se ha conseguido desintoxicar. Sólo su mirada sigue en llamas, brilla y saltan chispas al contacto con la nada.


-Está todo bien, mi amor. 
-Las veo-dije de pronto. Mi voz sonó como un débil quejido pero me sentía fuerte en realidad. Era la emoción la que me inundaba y no me permitía hablar. -Veo el suéter en pico granate de Karen y las hombreras a rayas de Jessica. Te veo a ti, cariño.
-Vámonos a casa, me apetece hacer un pastel.
-Tócame, Lana, necesito saber que te sabes mi cuerpo de memoria. 
-No hace falta que te toque para eso, Gaspar, tu mapa es mi salvapantallas mental. 
-Por favor...-esta vez mi voz era suplicante.

Nos sentamos enfrentados con las piernas subidas en los sillones de cuero negro. Ella me quitó las Rayban de pasta y se las puso de diadema. Noté como el aire se movía con ella y me regalaba su olor. Despacio, con cautela, puso sus índices sobre mis cejas y las dibujó de dentro a fuera. Bajó por mis párpados cerrados y por los surcos de mis ojeras. Después recorrió las arrugas de mis comisuras. Sonreí y se agrandaron. Envolvió mis pequeñas orejas con sus manos y se acercó para besarme los lóbulos. Pasó sus dedos por mi barba recortando su perfil. Me hacía cosquillas pero no me moví, sólo me estremecí con el contacto. Surcó mi cuello, los huesos que sobresalían de mis hombros y acarició mis brazos. Cogió mis manos con sus manos y las llenó de besos cariñosos. Me echó el pelo hacia atrás y me besó los labios. Sus movimientos eran tan cálidos y familiares que me entraron unas terribles ganas de llorar. Mantuve la compostura.

-¿De qué quieres el pastel, cariño?
-¿Tarta de arándanos?
-Me parece una fabulosa elección.
-Quiero darte las gracias.
-Vamos, Gaspar, vámonos a casa.
-Necesito decir esto en voz alta.

Calló y aproveché su guardia baja.

-Cuando nos conocimos me gustaron muchas cosas de ti. Siempre rebatías al profesor Garrigas en sus clases de política, eras emprendedora, resuelta, luchadora. Me impresionaba tu afán de conquistar el mundo. Envidiaba tu fluidez para hilar los temas dejándome sin argumentos haciendo siempre que diera mi brazo a torcer. En realidad lo hago encantado, nunca me ha gustado discutir contigo. Después las reconciliaciones eran tan pasionales que me quemaba el sólo contacto con tu piel. En invierno ibas tan tapada, capa a capa te desnudaba. Todas con vivas tonalidades. Y tus gorros, ¿alguna vez te he comentado mi adoración por ellos? Tu pelo rebelde encerrado entre su lana permitiendo ver lo justo para siempre querer más. Recuerdo el día en que me giré para ver de quién provenía semejante retahíla de alegaciones. Pusiste tus ojos en mi involuntariamente. Duró sólo un segundo pero el resto del mundo se apagó para mí. Como hace unos años. Y sólo existieron tus ojos y ahora no puedo verlos. Me siento torpe sin ellos. Me siento egoísta porque cada día sean los míos, a cada instante, en la vuelta de cualquier calle. 

Creo que deberías volar, que te estoy atando a mí. Esta es mi despedida. Te estaré eternamente agradecido por quererme antes, durante y, sé a ciencia cierta que para el resto de nuestra existencia. 

Tienes que conocer mundo, viajar, escalar, tirarte en ala delta, tienes que aprender a surfear, montar en camello por el desierto, ver el atardecer en alguna playa recóndita del planeta, bañarte en sus aguas desnuda, dejar que la luna te recorte figuras sobre tu piel de salitre y arena. Tienes que conocer a alguien maravilloso que pueda verte las pecas, recorrerlas con sus dedos y unírtelas con un bolígrafo haciéndote la puñeta. Tienes que tener hijos que tengan un padre que pueda verles marchar cada mañana con la fiambrera, que vea su letra y corrija su caligrafía, que les haga manualidades de noche mientras ellos duermen ajenos al mundo. Tienen que tener un padre que pueda ver sus álbumes familiares...

-Basta, por favor.
-No he terminado todavía. Tienes que escucharme hasta el final.
-Me estás causando un dolor indescriptible.
-Cuando nos conocimos éramos dos jóvenes alocados que jugaban con el futuro en la palma de sus manos. Ahora tú sigues teniendo las mismas oportunidades pero yo me he quedado a años luz.

Sollozó y me tapó la boca para que no pudiera seguir hablando.

-Cuando me dices que te sientes egoísta porque mis ojos sean los tuyos creo que no te paras a pensar en cómo me siento yo. Me siento el ser más despreciable del universo cuando cada mañana veo tu cara en mi almohada, cuando cada cumpleaños veo cómo soplas las velas de la tarta, cuando cantas o cuando te muerdes el labio mientras hablas. 

Me quedé en silencio escudriñando sus palabras y continuó. 

-Te quiero, no sabes de qué modo, cada día. Crees que mi amor por ti no ha crecido en estos años pero te equivocas. Me enamorado todavía más de la parte que no conocía de ti. Me he enamorado de tus inseguridades, de tus miedos y los he hecho míos. Me he hecho fuerte por los dos. Me has dado más de lo que nadie podría darme jamás. No me pidas que me aleje porque no me lo perdonaría nunca. 

¿Sabes? Lo que más me gusta de ti es tu voz. Me encanta abrazarme a ella. Es como un helado de chocolate con pepitas de galleta. Dulce, embriagadora, a veces te hiela demasiado y se te sube a la cabeza. Siempre me apetece, haga frío, calor o llueva. Me hablas y me olvido del resto, me hablas y me erizas el cuerpo. Haces que sienta vergüenza, que se me acelere el corazón, que me tambalee y me olvide de respirar, que no quiera que calles, que me encante que me acompañes, que me encante que me ames. Así que a no ser que te quedes mudo no me importa tu ceguera. 

Volví a enmudecer.

-¿Te has quedado mudo?-dijo temerosa pero con diversión en su voz.
-Casi me convences, eres pura elocuencia.

Sonreí y ella también pero no ceso su llanto.

-Voy a levantarme y voy a marcharme. Quiero que me recuerdes como todas estas mujeres que nos miran ahora expectantes siguiendo nuestra entrega. Quiero que cuando pienses en mí me veas sonreír y que mi cara se convierta en lienzo. Píntame con esta camiseta, es tu preferida, y con estas botas, sé que te encantan. Ponme las Rayban en el retrato, no quiero que te mientas. Cuando mires mi cuadro escucha siempre canciones lentas y enciende velas. No hagas la cena, encárgala. Mereces que te sirvan en la mesa, eres una princesa. Pasará el tiempo y cada vez verás mi figura más difusa, cierra los ojos y aprieta con fuerza. Estaré ahí para ti, te sacaré a bailar y dejaré que pongas tus pies sobre los míos para que no se desgasten tus suelas.
-Te quiero.
-Lo sé, mi amor, por eso tengo que dejarte.

Me levanté, me di la vuelta y me fui abandonando la sala 103 del museo Guggenheim con el rostro bañado en lágrimas. Me sabía el camino de memoria por lo que esperé hasta estar fuera para desplegar mi bastón blanco evidenciando así mi limitación al resto de mortales que iban y venían entre arte, sudor y bullicio. Con cada paso me alejaba más y más pero era lo que debía hacer. Le estaba concediendo la libertad pero me dolía tanto que me costaba respirar. Me ardían las venas, el corazón bombeaba mi sangre con tristeza. Deseaba que ella viniera a por mí deteniendo mi hazaña porque en el fondo yo era una persona ruin y despreciable. Era un cobarde. Pero nada ocurrió y continué mi camino sin obstáculos, sin trabajas, sin cadenas.

***

Tuvieron que pasar quince años hasta que volvimos a encontrarnos. Esta vez fue un lunes. Cumplía cuarenta y cinco primaveras y por supuesto tenía que ir a ver a mis estrellas. Entré en la sala, estaba concurrida pero seguro que alguien reparó en mi presencia y se apartó con el suficiente tiempo para que no me diera cuenta porque milagrosamente encontré sitio a la primera. Encendí mi música pero de pronto algo tornó el ambiente. Un olor familiar me embriagó como cuando llegas a casa después de un largo viaje. Ella estaba aquí y no venía sola. Una voz masculina conversaba con ella. Hablaban de las pinturas animadamente aunque sólo se limitaba a contestar con su manera singular. Él se alejó todavía murmurando pensamientos de arte en voz alta. Sonreí al sentirla cerca, sentada con su espalda pegada a mi espalda. Mi corazón se volvió loco y me acarició la garganta. 

-Mamá, dile a Laura que me deje una audio guía. Ella la ha tenido mucho rato, jolines...
-Laura, deja que tu hermano escuche un rato...
-Toma, pesadilla, que no eres más pesado porque no te hicieron de encargo.
-¿Y eso qué quiere decir, listilla?
-Digamos que te trajo por sorpresa el servicio de habitaciones.
-¡Ya vale! Estamos en un museo, portaos bien chicos.

Había heredado el humor de su madre.

-Mamá, todas las señoras sonríen y nos miran.
-¿Qué sientes?
-Que algunas están tristes pero sonríen.
-¿Y qué te transmiten?
-Que echan de menos a alguien.
-¿Tú echas de menos a alguien?
-A la abuela. Echo de menos sus cuentos de dragones, príncipes y princesas antes de irme a dormir cada noche, ¿y tú?

No contestó, se tomó su tiempo.

-Mamá, ¿qué echas de menos tú?
-La voz de la ceguera.

De pronto me rozó la mano, fue cuestión de un segundo pero me pareció durar años, una década y media por lo menos.

-¿Nos vamos?-dijo la voz masculina-Si nos damos prisa encontraremos mesa en tu restaurante favorito.
-Me muero de hambre-dijo ella.

Los cuatro emprendieron el movimiento y yo me levanté impulsado por una fuerza que me hizo hacerlo. Me había dado la mano así que caminé a su espalda y nadie se dio cuenta de ello. Llegué al quicio de la puerta y me detuve bloqueando su extremidad y atrayéndola hacia mí. 

-Todavía son tus ojos lo único que yo echo de menos.

Solté nuestra unión y dejé que se marchara dejándome en el mismo sitio donde yo la había abandonado a ella quince años atrás pero con la convicción de que todo lo que deseaba para ella se había cumplido. No podía verlo pero sí sentirlo y era más de lo que podía llegar a desear. 

Great composers.

Altos y bajos, sobresaltos. Ritmo descontrolado. De pronto quietud. Piensas que ha terminado y el público tiene ganas de aplaudir pero se oye de pronto una nota de fondo que baila con la melodía. Se persiguen en su propio juego de azar. Suena de entre la nada, tímida y balbuceando pero se eleva, se crece y renace. Sale a la superficie. Rompe con el espacio y el tiempo y estalla llenándolo todo de color. No puedes verlo pero sí sentirlo. Hablan de la luz al final, hablan del más allá. Todo está en calma de pronto y transcurre a cámara muy lenta. Los detalles se aprecian en su máxima expresión. El tacto es tan sensible que cuesta distinguir lo que percibes de lo que no. Las pupilas dilatadas y la boca seca. Crees que ha llegado la hora de bajar el telón, que se ha acabo tu función. Y de pronto, cuando todo se apaga, cuando la acústica pierde, cuando la escala se dispara y cae en picado algo sucede. Algo encaja. La obra cobra su esplendor. Los agudos se acentúan, los graves mecen la respiración. Repiquetean los trémolos, acarician los armónicos y el ritmo vuelve a su posición. La flauta sopla la energía. ¿Conoces la sensación? Nadas a contracorrientes, te aferras al abismo, pides que todo acabe y que deje de causar tanto dolor. Lágrimas impotentes y pulsaciones exigiendo su propio control. Florece la esperanza, resuena la percusión. Se siente el ambiente del ganador. ¿Has estado alguna vez al borde de la muerte? Vuelves para quedarte, para abrazar la tristeza y para acomodarte de nuevo al viaje. Pasas las yemas de los dedos por el cinturón y notas tu cuerpo suspendido en el aire, perfectamente inmóvil. Cierras los ojos, el aire te colapsa y es entonces cuando suena una pieza de música clásica. 

martes, 19 de noviembre de 2013

Querido Dan:

Querido Dan, apareces de la nada revolucionando mis esquemas de pies a cabeza, me desatas. Me observas con tus ojos oceánicos variando a musgo con la luz de los domingos. Tus pupilas dilatadas tras tus largas pestañas. Cubres tus labios con bufandas. Me envuelves en besos. Me enamoran tus andares de chico malo con tus botas militares. Los cordones rara vez anudados, el pelo rara vez peinado. Tus mechones alborotados que no sucumben a tu autoridad. Me recuerdan a mí cuando caemos al suelo rodando. Tú siempre pones el brazo para que yo no me haga daño. Luego te curo, te arropo, te junto a mi pecho para que oigas mi corazón latir desbocado. Llegaste tarde para repararlo.

Siento que esta historia no tenga un final feliz, no soporto ver tus ojos a punto de llorar, me maldigo por hacerte sufrir. Llegas tarde. Todavía no ha nevado y este sol no me calienta los huesos, no seca mi melancolía. Siento mis manos más torpes y débiles cada día. Tengo que marcharme, sin equipaje. 

Querido Dan, el tiempo a tu lado lo siento efímero como el vestido que llevaba puesto el día que nos conocimos. Me engatusó tu voz, tu acento, la riqueza de tu alma. Tu pasado, el modo en el que mojabas cada una de tus palabras y la manera en la que bailaba tu barba. Querido Dan, aún recuerdo el olor de la calle mojada y tú hablando de la nada; del tiempo, quejándote de la espera y poniendo verde a los músicos que no hacen gira en carretera al final de temporada. Movías las manos nervioso, mirarte era un espectáculo digno de un buen cartel. Todavía siento fuerte el recuerdo de la primera ve que te vi subido a un escenario. Mi pequeño pez de pecera de agua clara. Tengo que dejarte. Me aterra tu expresión cuando sepas el desenlace. ¿Por qué tardaste tanto en venir a buscarme? Jamás voy a ser capaz de perdonarte. 

Tal vez en otra galaxia, en otro universo volvamos a ser nuestros. Hasta entonces, mi amor, cada vez que silbes, cantes o tararees la canción que me confeccionaste como un traje hecho a medida hasta la última puntada, estaré contigo porque no hay manera de escribir nuestro final.

Te amaré por siempre, mi querido Dan.

Tu Lauren.
Imanes que se atraen. Los polos opuestos. Decibelios irritantes desgastando el intelecto. La inteligencia ahogada en los grados del divertimento. Burbujas acariciando el paladar sediento. Saborear una novela de la que conoces el argumento. Miles de folios apilados sin orden ni concierto. Unas botas desgastadas de tanto saltar entre corazones latiendo al mismo tempo. Un corazón caminando sin rumbo bajo la lluvia de un lamento. Las manos rudas, ásperas. La madera de saúco. El miedo a lo eterno. Los ojos enrojecidos por el humo de la nube de los sueños. Las promesas incumplidas y los te quieros dichos sin mucho sentimiento. La magia, lo épico, lo inmaterial. Los hechos. La tormenta que deja sitio a la calma. Los nervios antes de un decisivo momento. Las decisiones tomadas sin mucho fundamento. Lo fundamental del amor, sentirlo devuelto. El amor a uno mismo, el cariño del auto-conocimiento. Conocer nuevos lugares, viajar en el tiempo. El tiempo que se tarda en dar la vuelta a tu universo. El universo que cambia asolado por el desconocimiento. Mentir sin ser responsables de ello. Y en medio de la espiral, tus labios cálidos esperando sentir mi aliento.



Principesa.

-¿Saben ya los señores lo que va a ser?
-Los dos tomaremos risotto de primero y besugo al horno de segundo. 
-¿Cuándo has decidido que me apetece comer lo mismo que a ti? ¿Antes o después de elegir el restaurante, la hora de la reserva, los pendientes y el vestido que debía ponerme...?

El camarero dejó de apuntar la comanda y se quedó mirándome pensativo. Yo no reparé en él. Estaba demasiado abatida. 

-Cariño, no seas caprichosa y no montes una escena. Está bien-dijo mirando al camarero- de beber sírvanos una botella de Nodus y para hacer más llevadera la espera tráiganos dos Martini Gold.
-No aguanto más-dije irritada.

Las lágrimas me emborronaron la visión y me sentí tan pequeña que la habitación comenzó a girar a mi alrededor.

-Disculpe-dijo el camarero con voz áspera pero cálida-tal vez la señora quiera hacer alguna modificación en el menú. Todavía no es demasiado tarde.

Me sonrió guiñándome un ojo que se escondía tras uno de los mechones que caían revoltosos por su frente.

-Señorita-espeté yo.
-Ya veo. Si me permite la impertinencia tiene usted cara de lasaña de setas, espárragos trigueros y queso  fresco con frutos secos.

Mi cara cambió de expresión y mis músculos se relajaron.

-Creo que de segundo le apetece el solomillo a la piedra con reducción de Oporto y guarnición de cebollas francesas. 
-¿Es usted adivino?
-Vidente.
-¿Y qué más alcanza a ver? 
-Por su nariz diría que de postre elegiría tarta de frutos rojos.
-¿Qué le pasa a mi nariz?
-Digamos que parece la hermana de Rudolf.

Sonreí y noté como me ruborizaba.

-Sí, no hay duda de que son familia-añadió malicioso.

-¿Cuánto más va a durar esta pantomima? Haga el favor de retirarse, traer lo que le he ordenado y no volver a aparecer por nuestra mesa. Voy a pedir un cambio de servicio, esto es una vergüenza.

-¿Sabe?-añadió dirigiéndose a mí-podría tener todo lo que quisiera, antes la he visto entrar y la sala se ha iluminado únicamente con su presencia. Es una princesa encerrada en el cuento que no le corresponde vivir. No hay pociones, no hay encantamientos ni maldiciones. Sea libre y decida el rumbo de su destino. Cambie el menú, comience por el postre si es lo que quiere. Pida perdices y sea feliz.

Me levanté decidida de la mesa, cogí su mano y se la apreté en un gesto de infinito amor No le conocía pero en dos minutos había comprendido la encrucijada que durante años llevaba silenciando una figura soberana.

-¡Catherine! ¿Dónde crees que vas? ¡Siéntate ahora mismo y no me pongas en ridículo!-dijo el hombre que tenía delante.
-Voy a saltarme esta parte de mi cuento, la parte en la que la princesa escapa de la torre y es perseguida por el ogro que se esfuerza en retenerla en la fortaleza encadenada a una vida que no le pertenece. Voy a saltarme la fuga, los forcejeos, los gritos y las faltas de respeto, me voy directamente a la parte feliz. No significa que ahí acabe mi cuento porque este es sólo el comienzo.
No me importa que no haya una calabaza esperándome fuera, no estamos en Halloween. No me importa que nadie intente probarme unos zapatos de tacón, siempre he creído que llevar unos zapatos de cristal tenía que ser un tormento. No me importa que al cantar los animalillos del bosque no vengan a mi encuentro y se posen en mi cuerpo, sé que canto tan mal que podría desencadenar un ciclón que durase décadas en el tiempo. Seré la heroína de mis historias, cabalgaré sin corcel, sin una larga melena que ondee al viento. Conoceré a un príncipe verde que me haga enmudecer, no porque no deje que hable sino porque tema romper nuestro momento. Disfrutaremos de besos eternos y al final de la historia siempre habrá una siguiente parte.

-¿Cuál es su nombre?-dije mirando al joven de mirada brillante que estaba a mi lado todavía con nuestras manos enlazadas. Había ojos de curiosos puestos en nuestras palabras y movimientos.
-Si voy a formar parte de tu cuento quiero llamarme Sherman.
-¿Tienes un nombre que pueda recordar después de una copa de vino?
-Me llamo Marcus.
-Me gusta, va a juego con tu sonrisa.
-Eres nefasta jugando a ese juego.
-Soy consciente de ello.
-¿Blanco, tinto o rosado?
-¿Perdón?
-Nuestra copa de vino...
-Hacía tiempo que no me dejaban decidir, no sé si todavía me acuerdo de cómo hacerlo.
-No tengo prisa, tómate tu tiempo.
-¿Te queda mucho para terminar tu turno?
-Puedo despedirme en este preciso momento.

Abrí la boca para replicar.

-Eras mi última comanda.
-No he llegado a pedir, lo tuyo han sido suposiciones.
-¿Qué será entonces, señorita?
-Un trozo de tarta de nueces y una copa de Veramonte.
-Conozco el sitio perfecto.


Salimos del restaurante riendo, cómplices de nuestra pequeña batalla. Mis tacones sonaban decididos, los había elegido yo. Me hacían volar entre las calles mojadas sin gravedad, dueña de mis actos y decisiones, ama y señora de mis locuras, mis dulces locuras que sabían a victoria.


El capítulo que se acaba de abrir era el inicio del final de una saga pero por aquel entonces yo todavía no era consciente de ello.

jueves, 14 de noviembre de 2013

Ojos de gato, luna creciente.

Esta no es una historia original, no hay fuegos artificiales ni grandes despliegues con alfombras kilométricas en rojo Larousse en su final. Esta es la historia de la Luna en cuarto creciente, del gato negro al que nadie quiere. Esta es una historia con acento de mar. Esta es la historia de dos personas que se dan la mano al pasear. Aceite y vinagre los días pares, chocolate y avellana los impares. Sonaban en armónico. Su hiperactividad contagiosa ataba sus vidas con pañuelos vaporosos oliendo a lo que no podían aspirar. Sus ojos expresaban temor, maquillaba la fragilidad de su interior. La mecha de la vela con el viento a su favor. Siempre la sonrisa tatuada. Sus alas quebradas anhelando libertad. Su destino se forjaba de metal. Arriba y abajo, montaña errante, subiendo y bajando, límite desbordante. De livianos movimientos al bailar en solitario. Baldosas blancas, baldosas negras. Jugaban a saltar entre dos mundos. Rozaban la fantasía, acariciaban la realidad. Las plantas mágicas envolvían sus figuras enigmáticas. Se enredaban por sus piernas y les impedían andar. Su olor empalagoso no les dejaba respirar. Pensaban rápido. Impulsos de necesidad. Recortaban los malos sueños y componían su propio collage. Se cuidaban en silencio, se bebían sus te quieros. Esperaban lo que estaba por llegar conversando tras la espuma de la felicidad. 

domingo, 10 de noviembre de 2013

-II-


Hasta aquí ha llegado el baúl de los recuerdos, a partir de ahora comienza la segunda parte, la nueva temporada :)


Hasta muy pronto, 

Alicia.
Esta es la historia de Hanna, que quería ser trapecista. Y de su amor, Sam, que quería ser payaso. Se conocieron en la cola del paro y se enamoraron de su dinero. Por las mañanas él le inflaba globos con forma de salchicha y ella lloraba de pena. Por las noches ella se deslizaba por los travesaños del techo, colgada de los hilos que tejía el hada que les hacía la cama todas las semanas. Bebían pociones hechas con ingredientes secretos y un toque de canela. Ella se resfrió durante el invierno y él se fue a un país lejano en busca de una cura que no llegó a encontrar. Ella le mandaba mensajes en lechuzas y él le cantaba al viento su canción preferida. Hanna se marchó para siempre y Sam se quedó solo. Todos los jueves se montaba en el carrusel oxidado que crujía en cada vuelta. Los domingos no se levantaba de la cama. Esta es la historia de la tristeza y la melancolía, dos artistas de circo que se ganan la vida de la mejor forma que saben. Ella es ciega y él es mudo. Se dan la mano para cruzar la calle. ¿Crees que mañana nevará? Le pregunta él. Eso nunca se sabe, ya lo veremos. responde ella.
Me gustaría decirte lo que siento, describírtelo. Me gustaría que pusieras una mano sobre mi pecho y notaras mi corazón latiendo a destiempo. Me gustaría que estuvieses aquí, my angel. Y que no te fueras nunca. Me gustaría ver mi reflejo en tus ojos negros ardiendo. Sentir miedo. Y que se fuera este dolor que siento. Me gustaría que el aire entrara en mi cuerpo cuando no me dejas respirar. Me gustaría que te llevaras mi tristeza. No hace falta que me la devuelvas con el paso del tiempo. Me gustaría ser tu energía, no destruirme ni revivir de mis cenizas.
Dejamos de controlar cada punto, cada coma para que la vida nos domine, nos lleve, nos golpee y nos enseñe. Con cada batida, con cada oleaje, con cada tormenta, crecemos. Nos hacemos fuertes, la coraza brilla a la luz del sol y somos invencibles. La mortalidad es efímera, la batalla está ganada. La lucha interna desparece y es en ese momento cuando el despertar es renacer, cuando la mañana se convierte en victoria, cuando la gloria del ganador estalla en el pecho, cuando la sonrisa se turba convirtiéndose en mueca eufórica...cuando el poder lo es todo. Bandazos de movimiento, efecto del elixir mejor guardado. Reinventarnos, darnos cuenta de que la vida no acaba ahí. Recordar. Pisar el pasado y seguir avanzando. Soñar. Es en ese momento en el que te crees tu propia realidad cuando la vida se convierte en extraordinaria. Y entonces sólo es necesario tener a alguien con quien compartirla.
Eres mi nudo de corbata. A veces me aprietas, me ahogas, no me dejas respirar. Otras veces me envuelves, me rodeas con tu cuerpo y me haces sentir elegante. El resultado final es que nunca sobras, siempre hay ocasión para lucirte, excepto los domingos. Los domingos te quiero de encima tan pronto como me sirvo un café y volvemos a vernos cada lunes a eso de las diez.

La vida al revés.

¿Y si cruzarte con un gato negro hubiera significado buena suerte desde el inicio de los tiempos? ¿Y si en todos los países se condujera por la izquierda? ¿Y si Adán no hubiera sido un hombre y hubiera sido Eristenea? ¿Y si llamáramos día a la noche y noche al día? ¿Y si...? ¿Cuántas cosas hubieran cambiado? ¿A quién se señalaría con el dedo? ¿Qué sería lo normal y qué la rareza? En toda tradición reside la injusticia y la discriminación. En toda creencia no caben segundas interpretaciones. Lo radical no define, tacha, discrimina. Ya lo dice la canción: "Asumir que soy tu presa y emigrar a otro plante donde no marque mi puerta, donde no tengamos dueño, donde el alma de la gente no se apague con el tiempo y no exista moraleja al final de cada cuento y haya cosas importantes por encima del dinero. Donde yo no sea raro sólo porque soy distinto a ti"

Sé un gato negro. Sé feliz del modo que quieras y rompe los esquemas.

A mi ángel de la guarda.

Me gustaría que volvieses y que estuvieras junto a mí cuando nos vencen las batallas. Me gustaría que me dieses la mano y notar el tacto frío de tu piel. Me gustaría entrar en casa y encontrarte en el salón. Me gustaría volver a oír tu voz. Me gustaría que me regalases una de tus sonrisas. Me gustaría ver tus ojos expectantes escuchando mis historias de aventuras. Me gustaría volver a oír el sonido de tu caminar. Me gustaría no dejarte escapar. Me gustaría abrazarte y escuchar tu risa. Me gustaría que la vida no hubiera tenido tanta prisa por atraparte y que aún abrocharas los botones de mis camisas antes de guardarlas en el armario. Me gustaría dejar de llorar. Me gustaría que existiesen los milagros porque entonces tú serías el mío y mis deseos se harían realidad. 

Noviembre dulce.

Tiempos de cambio. Personas que se van y quedan en el recuerdo. El sabor amargo de la derrota. El calor que aprieta y no te deja respirar. Los zapatos que hacen ruido al andar. Las manos frías. No me escuchas gritar tu nombre porque caminas a diez mil pasos de mí. Y por más que lo pienso el tiempo de las cerezas nunca llega en Noviembre.
-Si te diera un deseo, ¿qué pedirías?
-Retroceder en el tiempo.
-¿Y a dónde irías?
-Donde empezó todo.
-¿Y qué cambiarías?
-Has dicho un deseo, no un interrogatorio.
Y vivir con los ojos abiertos. Y tener la ilusión de un niño pequeño. Contemplar las parejas que caminan abrazadas con su perro. Recorrer las calles sin preocupación, sin prisa, sin tiempo. Y despertar tantas veces como sea necesario pero no dejar de soñar despiertos.

No.

'No' es una palabra que encierra mucho dentro. No volveremos a reír, no volveremos a encontrarnos, no sentirás más ese dolor, no se enredarán nuestras miradas al vernos. No, no, no. Así que ya puedes esperar, ya puedes controlar el ángulo de las manecillas del reloj y ya puedes congelar las lágrimas o subir para bajar de nuevo al infierno. Calando los huesos, astillando los carámbanos de hielo, desgarrando los instantes, maltratando los 'te quiero'. Desaparece, llévate el infierno. Odio este maldito frío. Tu silencio. No es necesaria una cuenta atrás si no hay un comienzo. No es necesaria la presencia de dos. Nuestra eternidad murió ardiendo en fuego.

El espectáculo.

Oscuridad en el escenario de un teatro. Murmullo entre el público. Se abre el telón y reina el silencio. El violín rasga sus cuerdas y vibran de igual modo las de la guitarra. Cruje la madera de los viejos palcos. Y entonces la voz de la cantante atraviesa de lado a lado el espacio disponible envolviendo el ambiente con sus decibelios. Los escalofríos recorren el cuerpo y cierras los ojos dejándote arrastrar por el sentimiento. Canción a canción, nota a nota. Tenemos la capacidad de mantener la atención en un punto pudiendo tener secuestrada la nuestra propia. La magia del espectáculo. Termina la función y los aplausos dejan sin sensibilidad las palmas de las manos. Se pide un bis. Las luces se vuelven a apagar y el telón se despliega esperando anhelante su siguiente actuación.

Adiós.

Qué tristes son algunos momentos. Puedes conocer o no a las personas que los viven o incluso puedes ser protagonista de ellos pero eso no evita que durante una fracción de segundo, y aunque sea clínicamente imposible, tu corazón se contraiga de pena. Qué tristes son las despedidas, el adiós. Casi nunca son como lo deseamos pero siempre marcan un punto de inflexión, un antes y un después. ¿Y qué queda luego? Algunos lo llaman recuerdo otros anhelo. Yo prefiero pensar en el principio del final.

Alguien dijo una vez.

"Si quieres algo déjalo libre. Si vuelve es tuyo. Si no, nunca lo fue."

Alice in Wonderland.

Hay ciertas cosas que deben quedar claras si vas a cruzar esa línea. Canto mientras cocino y no suelo recoger la ropa cuando me desvisto. Los armarios deben estar siempre cerrados y las puertas abiertas por lo general. Me gusta dormir con los pies fuera del edredón. La noche del domingo es triste porque le da la mano a la mañana del lunes. Me gusta la música a un volumen atroz. Los libros antiguos son mi debilidad. Adoro ir al cine, siempre de noche. Cocinaré para ti no como una obligación sino como un símbolo de amor. Me gusta que me llamen por mi nombre abreviado y que me den la mano cuando vamos andando. Quiero aprender a tocar la guitarra, deberás animarme a hacerlo. Podría comer tiramisú hasta la eternidad. Te he dicho que canto al cocinar pero no he mencionado que lo hago fatal. Nunca paso bajo ninguna escalera y siempre me levanto con el pie derecho. Tengo los nombres de mis hijos pensados y no sé si estoy dispuesta a ceder si no estamos de acuerdo.  Me gusta comer helado en cualquier época del año. Me asustan los finales. Odio que dejen los tapes de los champús abiertos. No me gustan las películas de miedo. Sin embargo siempre habrá velas en la mesa del salón encendidas cuando llegues de trabajar. Siempre te dejaré encontrar las siete diferencias en el periódico sin rechistar. Debes saber que te querré de una manera desorbitada y que cuando tengas un día gris y necesites llorar en la oscuridad no diré nada, ni bueno ni malo, simplemente te abrazaré en silencio quedándome dormida sobre tu tristeza.

Cruzó el umbral.

Non licet in bello bis errare.

-No vamos a rendirnos, ¿me oyes? No van a poder con nosotros. Levántate y empuña tu arma. Pelea como un hombre.
-No puedo, no lo entiendes. Ya no. 
-¿Estás herido? ¿Te ha alcanzado alguna bala?
-No. No lo entiendes, no puedo levantarme, no tengo fuerza. 
-Levántese solado, no hablo como tu hermano sino como tu superior. Es una orden. 
-Lo siento, no puedo. No tengo nada por lo que luchar.
-Tu país te necesita, ¿no es suficiente? Nuestros hijos, nuestros nietos, toda la humanidad recordará nuestra hazaña. Sabrán que fuimos héroes, salvajes que lucharon y defendieron su honor y el de los suyos.
-La han matado, Evan, la han matado ante mis ojos.
-Era una traidora que merecía su muerte.
-No te atrevas a pronunciar esas palabras en mi presencia, miserable. 
-Me avergüenzas, hermano. Tu honor refugiado bajo unas vulgares enaguas calientes. Esta es la realidad, este es nuestro presente. Levántate y lucha hasta el final, hasta que tu vida se extinga y exhales el último aliento.
-La han acribillado a tiros sin mediar palabra. Sus ojos, Evan, eran puro terror. Su expresión era agónica. Y ha caído. Ha caído como un ángel. Su cuerpo ha tocado el suelo con un sonido ahogado y el polvo que se ha levantado la ha envuelto llenándola de paz. He gritado su nombre hasta que los pulmones me han dolido pero no me ha oído. No ha escuchado mi voz. Lo último que ha sonado en su cabeza ha sido el ruido del casquillo cayendo sobre la seca tierra. Mi vida ahora no merece la pena, nada supera mi miedo. Ahora voy a ir al frente pero no por tus órdenes ni por mi país sino para dejar que las balas atraviesen mi magullado cuerpo, voy a dejarme matar. Sólo de esa forma podremos estar juntos. Nada es tan real como eso. NO te equivoques, hermano, mis hijos recordarán cómo su padre amó a su madre, cómo fue a su encuentro desesperado porque sin ella nada cobraba sentido. Cuéntales la historia, diles que le quiero, diles que me perdones por dejarles pero promételes que les cuidaremos desde arriba y que en las noches de invierno les cubriremos con un manto de estrellas. No dejes que nada malo les pase, confío en ti, hermano.
-¡NO!¡Vuelve! ¿Dónde vas, Will? ¡NO! ¡Vuelve, hermano!¡No me dejes!

Simultánea conexión.

Existe la remota posibilidad en el más hipotético de los casos de que estés escuchando la misma canción que yo. Tal vez y sólo tal vez te acuerdes de mí, sonrías y vuelvas a darle al 'play'. Creo recordar que un día silbabas la melodía. Los cordones de tus botas estaban desatados, por supuesto. Un cigarrillo se consumía entre tus manos. Tenías la piel brillante por el sol y los ojos marcados de negro. Escribías con tu pluma en un papel de regalo arrugado. Siempre los mismos números. Tosías al compás del viento y movías los labios sin emitir sonido. Y volvías a silbar como si nada más pasase en el mundo, como si el ruido se escondiera bajo la cadencia de tus labios. No me mirabas pero sabías que estaba allí. Tu boca hecha de café y tu nariz de azúcar. ¿Por qué no vuelves? Me apetece dar un paseo. Puedo seguirte si eso es lo que quieres. No hace falta que me lo pidas. Saltarás de una raya blanca a otra en los pasos de cebra y contarás las baldosas pares hasta llegar al sendero que lleva a tu casa. Yo sonreiré tras tu espalda, tras tu pelo. Con el miedo en el cuerpo.

Destellos letales.

Aquella melodía taladabra su martillo, su yunque y su estribo. Su melodiosa voz. Llevaba triste décadas, sabía de sobra la razón. Pensó en el olor de la lluvia aquella tarde de Noviembre y le pinchó el corazón, le rasgó el pecho y se quedó sin aire durante un instante. Se agarró al borde de madera de la mesa de su escritorio de nogal y dejó que el peso de basculara y le permitiese sentir efímera, ligera, valiente. Tragó saliva y el dolor le atravesó la garganta haciéndole toser. No miró el pañuelo, sabía a ciencia cierta que estaría teñido de carmesí. Las rodillas le flaquearon y cayó de bruces contra el suelo. Se le astillaron los cartílagos y los ojos se le llenaron de lágrimas. Sus hombros convulsionaron para dar paso al llanto. Sus manos envolvieron su cuerpo meciéndolo con cuidado. El frío del mármol se le metió hasta el tuétano. Escupió veneno una vez más. Alargó la mano y rebuscó en su bolsa de mano. Acababa de venir a un viaje largo, uno de esos que haces enlazando trenes del destino y cruzando mares de mala suerte. Encontró lo que buscaba. La examinó con la luz que se filtraba entre sus cortinas blancas de suave y vaporoso lino. Era brillante, centelleaba radiante de cortesía letal. Era su salvación. Por fin tras muchos meses sonrió. Fue una sonrisa amarga y turbia. Sujetó fuerte entre sus dedos la fina cuchilla que le devolvía el reflejo de sus ojos color miel. La dulce y empalagosa miel que tanto odiaba. No dudo más.

Detrás de tus huellas.

Tú. Humedecer la yema del dedo y pasarla por el borde de una copa. El acople de un altavoz. Yo. El zumbido de una bombilla encendida. ¿Qué fue de ti? La vibración de un móvil de una llamada que no será contestada. Un avión rompiendo la barrera del sonido. ¿Qué será de mí? Una gota de agua sobre el aceite hirviendo. ¿Dónde estás? La lluvia repicando en la ventana. Unos tacones sonando decididos. ¿Te has marchado para siempre?

Jack.

Vuelo por el mundo con unos cuantos folios arrugados en el fondo de mi bolsa de viaje. Un lápiz de carboncillo afilado entre los pliegues de la ropa. No cuento con que me esperes en el café donde siempre solíamos ir y poses para mí. Por eso dibujo sin pensar. Dibujo música, aire, verdad. Por eso derramo el vino tinto sobre el lienzo. Por eso pinto con carmín y doy trazos con rímel. Por eso ya no firmo mis obras. No te debo nada.

Rue Amsburg.

-Un café ni corto ni largo con leche y dos sobres de azúcar, por favor.
-Un café solo, gracias.

Nos miramos. No quise aguantar la mirada. Hacía frío y llevaba guantes de colores, un abrigo negro que parecía abrigar y una bufanda oscura. Pantalones negros y...¡no podía verle los zapatos!
Me estiré ligeramente para satisfacer mi curiosidad en momento en el que él también lo hizo para recoger su café recién servido.

-¿Busca algo en concreto?-me preguntó de pronto.
Estaba a unos centímetros de mí.

-Creo que he perdido un pendiente.
-No es por desilusionarla pero creo que ha perdido los dos.

Me ruboricé notablemente.

-¿Eran importantes?
-No mucho.
-En ese caso lo superará-dijo sonriendo-. Encantado.

Se dio la vuelta para marcharse y no pude evitar decir:

-El café está más bueno con leche.
Se giró sobre sus pies y volvió a estar frente a mí.
-Entonces ya no es café.

Llevaba unas zapatillas grises con los cordones atados de aquellas maneras.

A la mañana siguiente lo busqué pero no encontré su rostro entre la multitud. El resto de días de aquella semana corrieron la misma suerte. Un martes cualquiera entré despreocupada al bar y me encontré con sus ojos chispeantes. Tenía la sonrisa llena de espuma a causa de la nata. Me sacó la lengua divertido y yo me reí como una estúpida.

-Creía que el café con algo no era café.
-El café Irlandés es siempre café Irlandés.
-¿Siempre te las ingenias para tener razón?
-No siempre-sonrió.
-Soy Carla, por cierto.
-Yo Alberto-respondió con dulzura- Perdone, un café ni corto ni largo con leche y dos sobres de azúcar, por favor.
Sonreí con complicidad.
-¿Sabes? Me gusta el frío-dijo de pronto- Te deja aletargado por dentro y deseas entrar en calor pero cuando lo consigues y sales a la calle agradeces de nuevo la temperatura.

A la mañana siguiente él cambió de café, yo no. Pasaron semanas, incluso meses. Compartimos curiosidades, manías, secretos, confesiones. A veces estábamos horas hablando, a veces simples minutos. Nunca sabíamos de donde venía el otro ni a donde se marchaba al despedirnos. No sabíamos nuestros apellidos, ni si estábamos solteros. Sabíamos otras cosas. Yo sabía que le gustaba el chocolate amargo y ver la tele en la cama por las mañanas los domingos, que odiaba el fútbol y fumar. Conducir le relajaba y aún se ponía nervioso la noche de Reyes. Me bastaba con eso.

Cuando volví del baño un día no del todo especial al lado de mi taza había un pequeño paquete envuelto con mucho esmero. Lo abrí y descubrí los pendientes más bonitos que había visto jamás. No parecían muy caros pero tenían algo que los hacía ser únicos. Descubrí una nota junto a ellos. 'Pide dos cafés a tu manera y reúnete conmigo en la calle Amsburg. Quiero cambiar tu vida'

Llegué al lugar de encuentro. Era Navidad y todo estaba plagado de luces. Hacía un frío considerable, la gente hacía compras a nuestro alrededor, todo se movía deprisa. Yo sólo le veía a él con su gorro de lana granate y sus botines desatados.

-Hola- dije al llegar junto a él.
-Estás preciosa-respondió.
-Mientes.
-Sabes que siempre me las ingenio para tener razón.
-Casi siempre.
-Esta es la calle más fría de la ciudad. Está conectada con seis bocacalles que hacen de galerías inundándola de aire. Cada vez que quiero valorar una decisión importante vengo aquí. Has sido como una de estas calles en mi vida, me has llenado de oxígeno por dentro. Nunca te he contado esto pero el día que nos conocimos mi padre murió. Entré a ese bar como podría haber entrado a otro pero en ese estabas tú.

Enmudecí con sus palabras.

-Llevabas un abrigo verde y un pañuelo morado con tus vaqueros desgastados y tus converse color vino. No llevabas pendientes ni pulseras. Olías dulce. Cuando abriste la puerta el aire me trajo tu olor. Hablamos y al día siguiente vine aquí porque no quería enamorarme de ti. Eras demasiado encantadora. Caminé durante horas. Y de pronto caí en la cuenta de que no recordaba el color exacto de tus ojos, verde musgo o más tirando a miel. Supe que tenía que volver a verte.

Seguía sin palabras con las que responder.

-Mi anterior relación duró mucho. Demasiado diría yo. Cuando más la quise me dejó. Por mi hermano. Como verás me he quedado un poco solo en la familia.
-¿Quieres dejar de hablar ya? ¿Has olvidado que estamos en la calle más fría de la ciudad?

El aire nos cortaba la cara y la respiración, tenía las manos heladas.

-¡Oh, claro! Lo siento.
Se estaba quitando la chaqueta cuando dije:
-Mi idea era sobrellevar el frío de otro modo.

Sonrió y el recuerdo de su sonrisa espumosa vino a mi mente. Me acerqué más a él.

-El caso es..
-Cállate ya.

Le besé. Ni fuerte ni suave, ni dulce ni amargo. Fue un beso precioso. Puso las manos en mi cintura y me sostuvo en el aire alargando nuestro momento. Me colgué de su cuello y me entregué a sus caricias y a su piel. Enloquecía con su olor, con su contacto, con sus manos.

-Sabes a café.
-Esta vez los he pedido a tu manera.

Somos.

Somos una canción olvidada, una manecilla del reloj atascada, somos la cara B de una cinta que nunca ha sido escuchada, somos las alas quebradas de una mariposa dorada, somos el violín de la orquesta, somos la espuma de un café irlandés, somos las suelas de unas botas gastadas, somos el viento que te corta la cara, somos la corteza de un árbol con unas iniciales marcadas, somos el beso robado en una calle apartada, somos la clave de sol en el pentagrama, somos la risa en silencio, somos la lágrima derramada, somos las manos entrelazadas imponiendo confianza, somos las pestañas maquilladas, somos el agua estancada, somos las vidas vividas en una galaxia alejada. Somos la reencarnación en versión mejorada.

Hogar.

Hay lugares de protección, esos lugares donde sabes que nada puede salir mal. No tienen porqué ser físicos. Un olor, una conversación tras una copa de vino, una canción. Sientes la conexión, algo sucede. La calma te invade y te olvidas de respirar, de pensar. Es un estado mental. Me gusta que seas mi hogar y sentirme en casa cuando estoy contigo. Me gusta no saber qué va a pasar pero estar dispuesta a descubrirlo contigo.

viernes, 8 de noviembre de 2013

Conversaciones de la vida.

-¿Te acuerdas de nuestra primera cita?
-Sí, fue un verdadero desastre...
-¿Por qué dices eso?
-Tú miraste el reloj al poco de llegar...
-¡Ah! Quería saber cuánto tiempo había tardado en enamorarme de ti. 
-Vaya. ¿Y cuánto fue?
-Siete minutos y treinta segundos.


  ****


-Mira por la ventana, ¡está nevando!
-No pienso levantarme.
-¿Por qué nunca me crees?
-Por tres motivos. Uno, después de llevar quince años casados he comprendido que los unicornios no tocan con su cuerno mágico nuestra ventana para despertarnos los domingos. Dos, tengo agujetas en todo el cuerpo de anoche. Y tres, estamos en Agosto.


  ****


Los dos nos echamos a reír. Le pasé la mano por el pelo revolviéndoselo. 

-Me encantaría hacerte una foto ahora mismo para guardar este momento. 
-Hazla, yo me dejo-le dije.
-Ya te la he hecho. Mentalmente será mi salvapantallas de por vida.


  ****


-Joder, ¡miénteme!
-Lo siento, no puedo.
-Eres un cabrón.
-Te quiero.
-Mientes.
-Acabas de pedirme que lo hicieras.
-Y tú has dicho que no podías.
-Era cierto.
-Desaparece por favor...
-Te quiero.
-Deja de decir eso. Duele. No puedes hacer eso. Debes irte maldita sea. Date la vuelta y camina. Un paso tras otro. Vete, joder.
-No pasó nada, confía en mí.
-Te odio, ¿lo sabes? Quiero creerte, quiero quererte, quiero besarte pero te odio.
-Ódiame mientras me quieres.
-No.
-Odiémonos toda la vida bajo las sábanas.
-Márchate.
-Prometo protegerte, despertarte con café poco cargado como a ti te gusta. Te haré reír mientras vemos los dibujos al punto de la mañana. Llegaremos tarde al trabajo. Te mandare aviones de papel cada día. Y en jarrón de la entrada habrá eternas margaritas para ti con muchos pétalos que siempre acaben en sí.
-¿Y si algún día dejo de odiarte?
-Entonces tal vez sea el momento de amarme.
-No desaparezcas.
-Ven aquí.

La historia más bonita de Crash.

Hago un alto en los textos para publicar la historia que marcó mi película y que me lleva acompañando algunos años. No hacen falta muchas presentaciones ni grandes palabras, simplemente hay que disfrutar de ella. Espero que os guste tanto como a mí.





Botas de terciopelo.

Pasó la mano por la corteza del árbol. Brillaba el sol aquella mañana. Llevaba bufanda y empezaba a agobiarle. La amargura anidada en cada poro de su piel y la fortaleza palpitando en sus labios marcados de color carmesí. Se tocó los bolsillos buscando un cigarro. Las uñas con restos de esmalte granate, coleta alta y los ojos apenas pintados. Sacó un papel perfectamente doblado y tachó un par de direcciones. Lunes con sabor a merengue. Se dio cuenta de que sus botas pedían un cambio de suelas. Aún podían aguantar un par de conciertos más. Olía dulce. Tenía la cara helada pero las manos calientes. Se encendió el cigarrillo con una cerilla y dejó que ésta se consumiera entre sus dedos. Cuando el calor le quemó la piel una lágrima brotó de sus ojos. No a causa del dolor físico sino del que sentía entre sus huesos pero sonrió. Fue una sonrisa bonita, de esas que se enmarcan y se cuelgan en una pared con gotelé. Se echó a andar. El humo era el único testigo de que había estado allí. En unos segundos él también desparecería. Il volé avec moi. Te espero al otro lado de la nube con forma de frambuesa. 

Hogar, dulce hogar.

Te solías esconder detrás del sillón dejando tus calcetines de rayas negras y grises al descubierto. Yo me quitaba las botas en la entrada para no hacer ruido. Iba despacio hasta ti y en el último momento me tiraba encima gritando y riendo sin parar. Me gustaba legar a casa así los lunes. Y los martes. Y todos mis días. Tú me llevabas en brazos a la cama y te inventabas una historia divertida que contarme cada noche. Cambiabas nuestros nombres y nos ponías apellidos que sonaban importantes. Willen. Frinchersen. Serigan. Tus ojos brillaban en la oscuridad. Eras mi lobo preferido. Tus manos rozaban las mías sin cogerlas sobre el frío colchón y yo juntaba mis pies a los tuyos esperando que tu calidez los envolviera. Me quedaba dormida escuchando la cadencia constante de tu respiración. Olías siempre de la misma forma. Dulce y permanente. Podía notar como tu aroma viajaba por el aire y se acomodaba sobre mi piel como un manto que me protegía de los fantasmas y los malos sueños. anudaba con cuidado esa capa alrededor de mi cuello y me queda quieta, muy quiera, temerosa de que un mal movimiento rompiera el hechizo que ejercías sobre mí. Los días de tormenta me abrazabas por detrás rodeándome con tus brazos y me dabas besos al sonido de cada trueno. Me quitabas el miedo. Cuando amanecía te levantabas en silencio y bajabas la persiana para que la luz no me despertara. Yo te escuchaba hacerlo y sonreía bajo la sábana. Te marcabas sin decir nada y volvías con café y tostadas. Casi siempre un poco quemadas. Me daba igual No entendí por qué te fuiste. No entendí el mensaje que dejaste en mi contestador. Cinco palabras que cambiaron mi vida para siempre. "Siento no haberte conocido antes". ¿Antes de qué? Me preguntaba yo. ¿Antes de quién?

***

Algunas noches al llegar a casa tú ya estabas dormido. Iba al dormitorio, me quitaba la ropa y me ponía el pijama. Es una de las mejores sensaciones en el mundo, ¿no crees? Preparaba el despertador para el día siguiente, iba a la cocina y me servía un vaso de agua fría para tomarme la pastilla de la suerte. Después volvía a nuestro cuarto, desabrochaba mi colgante y lo depositaba en la mesilla. Apagaba todas las luces excepto la de mi lado de la cama y entonces te vía. Tu piel brillaba en la oscuridad, siempre estabas tan hermoso... Lo último que hacía era quitarme los calcetines y acomodarme junto a ti, recorrerte la cara con la yema de mis dedos. A veces te revolvías con el contacto pero otras ni lo notabas. Te daba un beso en los labios y me quedaba dormida. Cada mañana la luz estaba apagada. Nunca me dijiste que te molestara aquella manía mía. No puedo creer que nunca te contara mi ritual, ¿de verdad que no lo hice?



Tejiendo historias.

Tenía las manos entumecidas, torpes. Ejecutaba pequeños movimientos, lentos pero certeros. Tejía una bufanda color burdeos. La había hecho más larga de la cuenta, no le apetecía terminar. Se mecía en su llanto que no afloraba pero notaba amargo recorriéndole las venas, infectando su cuerpo magullado y cansado. Tenía sólo treinta años pero los baches del camino le hacían sumar décadas cada vez que soplaba las velas. Le escocían los ojos, hacía horas que no podía conciliar el sueño. Sobre la mesa de robre humeaba un café. quemaba sólo de mirarlo. Se humedeció los secos labios y siguió con su labor. De pronto sólo el teléfono. Un tono corto y desquiciante. No descolgó el auricular, sabía perfectamente quien era. Llevaba veinticuatro llamadas aquella mañana. Todavía no había superado el récord de las cincuenta y siete. Sonrió amargamente y siguió tejiendo. Intercaló entre los hilos la historia de su desamor. Nunca se la había contado a nadie, de su boca no habían salido las palabras que describirían la rabia y el dolor. Ella prefería hacer bufandas. Apiladas en la mesa había tres de esa semana. Le gustaba cómo había quedado la naranja, cálida para los días de frío invierno que estaban asolando la ciudad. Pasó la aguja de madera para rematar la tarea y notó el pinchazo en su dedo pulgar. Una gota de sangre salió a la superficie. Torció el gesto y se quedó mirándola. Era perfecta y brillante. Permaneció un segundo sobre la piel y acto seguido resbaló sobre su mano. No se levantó a curarse, dejó que la herida cicatrizara sola y que la sangre se secase al aire. Había aprendido eso recientemente. A veces es mejor no levantarse, ninguna bufanda merece ser interrumpida por una pequeña herida. Dobló la prenda con cariño y la dejó en su regazo. Un día de estos iba a tener que empezar a vivir. ¿De qué color podía hacer la siguiente? Gris-pensó-el gris siempre había sido su color.

Dando pasitos.

Las primeras entradas de mi blog serán algunos de mis textos antiguos. Hay que cuidar y no olvidar los pequeños tesoros que forman parte de nuestra historia. Quedará tiempo para dar cabida a lo que esté por llegar.

La forma y el cuerpo de este blog se irá definiendo conforme vaya haciéndome con él pero tengo intención de intercalar entradas con curiosidades que estén relacionadas con la escritura o este espacio- la música que escucho cuando escribo o a qué huele mi cuarto cuando me siento delante del ordenador, recetas que tengan que ver con mis historias o fotos que ilustren mis palabras son algunos ejemplos pero me gusta que las cosas se desvelen poco a poco así que no diré mucho más-.

Hechas las presentaciones y puestos los pies en la tierra poco queda por contar.

Hasta muy pronto,
Alicia.


Primeros latidos.

Comienza una nueva etapa. Este será un lugar seguro donde refugiarme cuando las velas, el incienso y la música creen ambiente y necesite que mis dedos escriban lo que mi mente necesita expresar. Seguramente habrá entradas que nunca verán la luz porque un sucio "borrar" las envíe al lugar de las ideas olvidadas, de los relatos sin final. Otras historias se quedarán aquí encerradas en la pantalla de un posible lector que las haga revivir. A ti, los ojos que siguen estas líneas, gracias por estar aquí, noto tu calidez y casi puedo escuchar tus pensamientos cobrando vida y arropando a los héroes de mis batallas.


Gracias a todos los que creen en mi espíritu y me han guiado en este dulce caminar.
A mi madre, la dedicatoria de mi primer libro sabes que es para ti. Cumpliré tu sueño, tú proteges los míos.
A ti, Laura, por ser la sonrisa que me da vida.
A mi abuela, mi ángel de la guarda.