Fue un jueves, no podía ser de otro modo. Me senté en medio de la estancia y respiré profundo. Noté su presencia al instante y no me hizo falta preguntar. Olía a vida. Olía a hogar. Sus manos se entrelazaron con las mías tejiendo las raíces de mi humanidad. Noté la sangre palpitante en la unión y sonreí con tranquilidad. Ella pasó sus dedos por mis labios y se los besé con dulzura. Sabía que no había nadie más a nuestro alrededor, había adquirido el hábito a base de años de tropezar, de gritos y lamentos, de bocinas de malnacidos pero a los que agradecía seguir viviendo. Me puse los auriculares y una melodiosa voz en inglés me abrazó. Ella se recostó en mi hombro. Todo estaba oscuro, como siempre, como desde hacía algunos años pero algo sucedió de pronto. Algo que todavía no había tenido lugar. Imaginé colores, los proyecté. Puse toda mi capacidad en recordar mi sala de museo, mi lugar preferido. Las lágrimas bañaron mi rostro. No me había permitido llorar desde que perdí la vista pero no me sentí frágil al hacerlo.
-Descríbeme la sala, Lana.
Apagué la música y saludé al silencio con complicidad.
Ella incorporó su cuerpo y sentí como sus músculos se contraían alerta empapándose con todos los detalles. Se había convertido en mi manantial de realidad. Me describía la comida que cocinaba mientras yo me limitaba a escuchar entornando la cabeza como si pudiera ver lo que oía. Me describía los muebles una y otra vez mientras yo memorizaba su tacto. Me describía la ropa que compraba mientras yo la apreciaba por su suavidad. Era fuerte, mi árbol de la vida, mis ramas, mis hojas y mi tronco perfectamente recto.
Yo sólo echaba de menos sus ojos, todo lo demás estaba bien sin estar. Los echaba tanto de menos que maldecía cada día estando lejos de ellos. Estaban trazados por pinceladas de verde musgo rodeado de una corona de miel alrededor de la pupila tan dulce y protectora que embelesaba. Me gustaba decirle que sus ángeles de la guarda habitaban en ella. Me sonreía brillando de emoción. Sujetó mi mano fuerte y se tensó todavía más comprendiendo mi frustración.

-Están todas, cariño. Ninguna quería perderse tu visita.
Belinda ha peinado su trenza esta mañana con esmero y reposa perfecta sobre su hombro derecho. Sus ojos son dos almendras garrapiñadas y sus labios puro volcán en erupción. Te sonríe con cierta amargura porque no puede tocarte pero le gustaría.
Belinda ha peinado su trenza esta mañana con esmero y reposa perfecta sobre su hombro derecho. Sus ojos son dos almendras garrapiñadas y sus labios puro volcán en erupción. Te sonríe con cierta amargura porque no puede tocarte pero le gustaría.
Yvonne está mejor de su operación, se la ve menos hinchada. Todavía le duele, tiene la mandíbula tensa pero los glaciares de sus ojos comienzan a fundirse. Sigue poniéndose guapa, los reflejos caoba en su larga cabellera la delatan.
Ahn está hoy más feliz que nunca. Se ha puesto los pendientes que le regaló su abuela, dos aros finos de plata no muy grandes. Su pelo, recogido tras las orejas, está tan liso y sedoso que parece un casco. Es nuestra guerrera, ya lo sabes. Sus ojos de resina hoy resplandecen hermosos. Me gusta como le brillan los labios, parecen hechos de gominola. Sus cejas son tan finas que parecen perfiladas a carboncillo, me inquietan. 
Alba, sin embargo, está triste. No le gustan los días en los que no sale el sol. Sonríe pero pide a gritos mar, arena, sal, vida. Su pelo ondulado y su camiseta a rayas azules y blancas lo evidencian tanto que me hace gracia que no se esfuerce en disimular. Conoce su alergia pero no teme a exponer su fina y delicada piel, es valiente e inconsciente.
Jessica hoy nos desafía con su flequillo desfilado y sus trenzas de espiga acariciando sus omóplatos. No está bien. Echa de menos a su padre amasando el pan y el olor a harina cruda. Echa de menos la magia de la levadura y dar colines a los niños que lloriquean cuando la hora de comer se acerca. Echa de menos su panadería y a su abuela leyéndole sus recetas más escondidas antes de dormir cada noche.
Ada sigue sin recibir la llamada del misterioso hombre del bar. Ha envejecido desde la última vez que nos vimos y en cada una de sus canas hay una madrugada en vela consumiéndole el alma. Ha planchado su camisa sin dejarse un recoveco pero el riguroso negro aumenta todavía más la oscuridad de sus pequeños ojos casi consumidos por completo de carbón. Se está apagando cada día más. No sonríe, sólo nos enseña su sonrisa cansada de mantener la compostura día tras día. Cansada de su constante calma.Katryn está igual que siempre, se mantiene en no dejarse denudar. Sus ojos de serpiente letal nos observan y su pelo trapezoidal juega con la gravedad. El día menos pensado se lanza y le cuenta la verdad a Lauren. Está esperando que llegue la temporada de fresas. Quiere apostar sobre seguro. No es fácil contarle a una hermana que tienes cáncer.
Karen ha decidido dejar de mentir haciendo creer que es rubia así que sus raíces se desperezan comenzando a cobrar vida. Está contenta. Me apetece abrazarla y dejar que ella me abrace con el azul celestial de su mirar. Me tiene encandilada.
Lauren está preocupada, su hermana sigue sin dar ninguna señal. Sigue vistiendo su gabardina verde militar. Esta mañana no le apetecía luchar contra su media melena y ha decidido dejarse ganar. La preocupación se retuerce en su mirada con ecos de mar. El día menos pensado contacta conferencia vía caracola con Katryn. No es normal que se fuera hace tantos meses y que todavía no se haya dignado a llamar. Lysa está bien, pero eso no es ninguna novedad. Tengo que decirle que se destape un poco más. Se vería más bonita, más angelical. Me gusta su peinado, ecléctico, eléctrico, cargado de verdad. Hoy ha maquillado sus ojos de toffe. Sonríe cómoda, natural. Le apetece un café, no lo dice pero lo sé.
Y por último, Úrsula. Hoy se ha levantado de la cama, se ha recogido el pelo en un moño y se ha puesto los pendientes que llevaba el día que se separó. Sólo se nota un atisbo del feroz sobre su ceja derecha, se ha maquillado a conciencia. Los surcos de sus mejillas me transportan a casa, tengo ganas de llorar. Ha sufrido tanto que ahora sólo me transmite paz. No nos mira, hace tiempo que no se atreve a mirar a alguien directamente a los ojos. Gracias a un cobarde sin piedad ya no sabe lo que es amar. Pero hoy está desafiante, en armonía con su cuerpo. Lo cubre pero lo siente suyo. Ya no le duele el pecho al respirar, ya no se ahoga ni siente a cada instante el olor a gasolina. Poco a poco se ha conseguido desintoxicar. Sólo su mirada sigue en llamas, brilla y saltan chispas al contacto con la nada.
-Está todo bien, mi amor.
-Las veo-dije de pronto. Mi voz sonó como un débil quejido pero me sentía fuerte en realidad. Era la emoción la que me inundaba y no me permitía hablar. -Veo el suéter en pico granate de Karen y las hombreras a rayas de Jessica. Te veo a ti, cariño.
-Vámonos a casa, me apetece hacer un pastel.
-Tócame, Lana, necesito saber que te sabes mi cuerpo de memoria.
-No hace falta que te toque para eso, Gaspar, tu mapa es mi salvapantallas mental.
-Por favor...-esta vez mi voz era suplicante.
Nos sentamos enfrentados con las piernas subidas en los sillones de cuero negro. Ella me quitó las Rayban de pasta y se las puso de diadema. Noté como el aire se movía con ella y me regalaba su olor. Despacio, con cautela, puso sus índices sobre mis cejas y las dibujó de dentro a fuera. Bajó por mis párpados cerrados y por los surcos de mis ojeras. Después recorrió las arrugas de mis comisuras. Sonreí y se agrandaron. Envolvió mis pequeñas orejas con sus manos y se acercó para besarme los lóbulos. Pasó sus dedos por mi barba recortando su perfil. Me hacía cosquillas pero no me moví, sólo me estremecí con el contacto. Surcó mi cuello, los huesos que sobresalían de mis hombros y acarició mis brazos. Cogió mis manos con sus manos y las llenó de besos cariñosos. Me echó el pelo hacia atrás y me besó los labios. Sus movimientos eran tan cálidos y familiares que me entraron unas terribles ganas de llorar. Mantuve la compostura.
-¿De qué quieres el pastel, cariño?
-¿Tarta de arándanos?
-Me parece una fabulosa elección.
-Quiero darte las gracias.
-Vamos, Gaspar, vámonos a casa.
-Necesito decir esto en voz alta.
Calló y aproveché su guardia baja.
-Cuando nos conocimos me gustaron muchas cosas de ti. Siempre rebatías al profesor Garrigas en sus clases de política, eras emprendedora, resuelta, luchadora. Me impresionaba tu afán de conquistar el mundo. Envidiaba tu fluidez para hilar los temas dejándome sin argumentos haciendo siempre que diera mi brazo a torcer. En realidad lo hago encantado, nunca me ha gustado discutir contigo. Después las reconciliaciones eran tan pasionales que me quemaba el sólo contacto con tu piel. En invierno ibas tan tapada, capa a capa te desnudaba. Todas con vivas tonalidades. Y tus gorros, ¿alguna vez te he comentado mi adoración por ellos? Tu pelo rebelde encerrado entre su lana permitiendo ver lo justo para siempre querer más. Recuerdo el día en que me giré para ver de quién provenía semejante retahíla de alegaciones. Pusiste tus ojos en mi involuntariamente. Duró sólo un segundo pero el resto del mundo se apagó para mí. Como hace unos años. Y sólo existieron tus ojos y ahora no puedo verlos. Me siento torpe sin ellos. Me siento egoísta porque cada día sean los míos, a cada instante, en la vuelta de cualquier calle.
Creo que deberías volar, que te estoy atando a mí. Esta es mi despedida. Te estaré eternamente agradecido por quererme antes, durante y, sé a ciencia cierta que para el resto de nuestra existencia.
Tienes que conocer mundo, viajar, escalar, tirarte en ala delta, tienes que aprender a surfear, montar en camello por el desierto, ver el atardecer en alguna playa recóndita del planeta, bañarte en sus aguas desnuda, dejar que la luna te recorte figuras sobre tu piel de salitre y arena. Tienes que conocer a alguien maravilloso que pueda verte las pecas, recorrerlas con sus dedos y unírtelas con un bolígrafo haciéndote la puñeta. Tienes que tener hijos que tengan un padre que pueda verles marchar cada mañana con la fiambrera, que vea su letra y corrija su caligrafía, que les haga manualidades de noche mientras ellos duermen ajenos al mundo. Tienen que tener un padre que pueda ver sus álbumes familiares...
-Basta, por favor.
-No he terminado todavía. Tienes que escucharme hasta el final.
-Me estás causando un dolor indescriptible.
-Cuando nos conocimos éramos dos jóvenes alocados que jugaban con el futuro en la palma de sus manos. Ahora tú sigues teniendo las mismas oportunidades pero yo me he quedado a años luz.
Sollozó y me tapó la boca para que no pudiera seguir hablando.
-Cuando me dices que te sientes egoísta porque mis ojos sean los tuyos creo que no te paras a pensar en cómo me siento yo. Me siento el ser más despreciable del universo cuando cada mañana veo tu cara en mi almohada, cuando cada cumpleaños veo cómo soplas las velas de la tarta, cuando cantas o cuando te muerdes el labio mientras hablas.
Me quedé en silencio escudriñando sus palabras y continuó.
-Te quiero, no sabes de qué modo, cada día. Crees que mi amor por ti no ha crecido en estos años pero te equivocas. Me enamorado todavía más de la parte que no conocía de ti. Me he enamorado de tus inseguridades, de tus miedos y los he hecho míos. Me he hecho fuerte por los dos. Me has dado más de lo que nadie podría darme jamás. No me pidas que me aleje porque no me lo perdonaría nunca.
¿Sabes? Lo que más me gusta de ti es tu voz. Me encanta abrazarme a ella. Es como un helado de chocolate con pepitas de galleta. Dulce, embriagadora, a veces te hiela demasiado y se te sube a la cabeza. Siempre me apetece, haga frío, calor o llueva. Me hablas y me olvido del resto, me hablas y me erizas el cuerpo. Haces que sienta vergüenza, que se me acelere el corazón, que me tambalee y me olvide de respirar, que no quiera que calles, que me encante que me acompañes, que me encante que me ames. Así que a no ser que te quedes mudo no me importa tu ceguera.
Volví a enmudecer.
-¿Te has quedado mudo?-dijo temerosa pero con diversión en su voz.
-Casi me convences, eres pura elocuencia.
Sonreí y ella también pero no ceso su llanto.
-Voy a levantarme y voy a marcharme. Quiero que me recuerdes como todas estas mujeres que nos miran ahora expectantes siguiendo nuestra entrega. Quiero que cuando pienses en mí me veas sonreír y que mi cara se convierta en lienzo. Píntame con esta camiseta, es tu preferida, y con estas botas, sé que te encantan. Ponme las Rayban en el retrato, no quiero que te mientas. Cuando mires mi cuadro escucha siempre canciones lentas y enciende velas. No hagas la cena, encárgala. Mereces que te sirvan en la mesa, eres una princesa. Pasará el tiempo y cada vez verás mi figura más difusa, cierra los ojos y aprieta con fuerza. Estaré ahí para ti, te sacaré a bailar y dejaré que pongas tus pies sobre los míos para que no se desgasten tus suelas.
-Te quiero.
-Lo sé, mi amor, por eso tengo que dejarte.
Me levanté, me di la vuelta y me fui abandonando la sala 103 del museo Guggenheim con el rostro bañado en lágrimas. Me sabía el camino de memoria por lo que esperé hasta estar fuera para desplegar mi bastón blanco evidenciando así mi limitación al resto de mortales que iban y venían entre arte, sudor y bullicio. Con cada paso me alejaba más y más pero era lo que debía hacer. Le estaba concediendo la libertad pero me dolía tanto que me costaba respirar. Me ardían las venas, el corazón bombeaba mi sangre con tristeza. Deseaba que ella viniera a por mí deteniendo mi hazaña porque en el fondo yo era una persona ruin y despreciable. Era un cobarde. Pero nada ocurrió y continué mi camino sin obstáculos, sin trabajas, sin cadenas.
***
Tuvieron que pasar quince años hasta que volvimos a encontrarnos. Esta vez fue un lunes. Cumplía cuarenta y cinco primaveras y por supuesto tenía que ir a ver a mis estrellas. Entré en la sala, estaba concurrida pero seguro que alguien reparó en mi presencia y se apartó con el suficiente tiempo para que no me diera cuenta porque milagrosamente encontré sitio a la primera. Encendí mi música pero de pronto algo tornó el ambiente. Un olor familiar me embriagó como cuando llegas a casa después de un largo viaje. Ella estaba aquí y no venía sola. Una voz masculina conversaba con ella. Hablaban de las pinturas animadamente aunque sólo se limitaba a contestar con su manera singular. Él se alejó todavía murmurando pensamientos de arte en voz alta. Sonreí al sentirla cerca, sentada con su espalda pegada a mi espalda. Mi corazón se volvió loco y me acarició la garganta.
-Mamá, dile a Laura que me deje una audio guía. Ella la ha tenido mucho rato, jolines...
-Laura, deja que tu hermano escuche un rato...
-Toma, pesadilla, que no eres más pesado porque no te hicieron de encargo.
-¿Y eso qué quiere decir, listilla?
-Digamos que te trajo por sorpresa el servicio de habitaciones.
-¡Ya vale! Estamos en un museo, portaos bien chicos.
Había heredado el humor de su madre.
-Mamá, todas las señoras sonríen y nos miran.
-¿Qué sientes?
-Que algunas están tristes pero sonríen.
-¿Y qué te transmiten?
-Que echan de menos a alguien.
-¿Tú echas de menos a alguien?
-A la abuela. Echo de menos sus cuentos de dragones, príncipes y princesas antes de irme a dormir cada noche, ¿y tú?
No contestó, se tomó su tiempo.
-Mamá, ¿qué echas de menos tú?
-La voz de la ceguera.
De pronto me rozó la mano, fue cuestión de un segundo pero me pareció durar años, una década y media por lo menos.
-¿Nos vamos?-dijo la voz masculina-Si nos damos prisa encontraremos mesa en tu restaurante favorito.
-Me muero de hambre-dijo ella.
Los cuatro emprendieron el movimiento y yo me levanté impulsado por una fuerza que me hizo hacerlo. Me había dado la mano así que caminé a su espalda y nadie se dio cuenta de ello. Llegué al quicio de la puerta y me detuve bloqueando su extremidad y atrayéndola hacia mí.
-Todavía son tus ojos lo único que yo echo de menos.
Solté nuestra unión y dejé que se marchara dejándome en el mismo sitio donde yo la había abandonado a ella quince años atrás pero con la convicción de que todo lo que deseaba para ella se había cumplido. No podía verlo pero sí sentirlo y era más de lo que podía llegar a desear.




