Esta no es una historia original, no hay fuegos artificiales ni grandes despliegues con alfombras kilométricas en rojo Larousse en su final. Esta es la historia de la Luna en cuarto creciente, del gato negro al que nadie quiere. Esta es una historia con acento de mar. Esta es la historia de dos personas que se dan la mano al pasear. Aceite y vinagre los días pares, chocolate y avellana los impares. Sonaban en armónico. Su hiperactividad contagiosa ataba sus vidas con pañuelos vaporosos oliendo a lo que no podían aspirar. Sus ojos expresaban temor, maquillaba la fragilidad de su interior. La mecha de la vela con el viento a su favor. Siempre la sonrisa tatuada. Sus alas quebradas anhelando libertad. Su destino se forjaba de metal. Arriba y abajo, montaña errante, subiendo y bajando, límite desbordante. De livianos movimientos al bailar en solitario. Baldosas blancas, baldosas negras. Jugaban a saltar entre dos mundos. Rozaban la fantasía, acariciaban la realidad. Las plantas mágicas envolvían sus figuras enigmáticas. Se enredaban por sus piernas y les impedían andar. Su olor empalagoso no les dejaba respirar. Pensaban rápido. Impulsos de necesidad. Recortaban los malos sueños y componían su propio collage. Se cuidaban en silencio, se bebían sus te quieros. Esperaban lo que estaba por llegar conversando tras la espuma de la felicidad.
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