Solía imaginarte yéndome a buscar al trabajo, junto una botella de agua fría y unos cacahuetes garrapiñados. Solía imaginarte encendiendo velas justo al llegar a casa. Solía imaginarte encargando sushi, no solía imaginarte haciéndolo. Solía imaginarte envuelto en calcetines de rayas y vaqueros un poco sueltos. Solía imaginarte bebiendo cerveza directamente de la botella. Solía imaginarte riendo, cantando, carraspeando. Solía imaginarte dormido en el sofá con la nariz fría y el gesto serio. Solía imaginarte desnudo en la ducha, destilando jabón, mojado, imperfecto. Solía imaginarte. Solía cuando no aparecías, solía cuando te conocí porque no eras tal cuál imaginé. Solía porque ya no suelo. Ya no te imagino porque ahora te veo. Ahora te siento, te huelo, te protejo, te anhelo, te quiero. Suelo verte acurrucado en la cama con un jersey polvoriento y sin calcetines. Y te tapo con cuidado con mi manto secreto. Y te paso la mano por el pelo y me muerdo los labios porque quiero despertarte, besarte, amarte, sentir tu piel en contacto con mis mejillas. Me voy y sonrío porque no eras cómo esperaba, eres tú. Tan tú que no lo entiendo. Tan peculiar que rozas lo rocambolesco. Tan cálido que si me quedo a tu lado mucho tiempo me quemo. Por eso de vez en cuando vuelo. Porque sé que si regreso vas a tener un hueco en la butaca para que apoye mi mentón en tu hombro y me sienta en el principio del comienzo.