miércoles, 30 de julio de 2014

Aires de dificultad.

Me despertó su llanto. Era un canto tan hermoso que no me importaba interrumpir mi sueño para hacerle callar. Le mecía en silencio y juntos nos conseguíamos apaciguar. Le apreté contra mi pecho y noté su respiración junto a la mía. Olí su piel. Él enroscó sus diminutos dedos alrededor de mi pulgar y me miró entre parpadeos. Sonreí a mi pequeño tesoro y lo estreché más fuerte. El latir de su corazón me emocionó. No contuve mis lágrimas. Bañé su rostro y torció el gesto, yo sonreí. Le canté entre susurros.

Soñé tan cierto que por un momento ansié despertar. Sabía que algo no encajaba, había demasiada oscuridad. Me faltaba el aire. Grité en la noche en calma.

-Cariño, tranquila. Es una pesadilla, estoy aquí- Su voz me devolvió a la realidad.
-Era tan real-mis ojos se llenaron de lágrimas. Él las recogió una a una con sus dedos índice y pulgar.
-Pequeña, ojalá pudiera curar tu dolor- pasó su mano por mi vientre acariciándome con infinito amor.
-No es justo, no para mí. Llevaba tanto tiempo decidiendo su nombre, esperando ver el color exacto de sus iris, imaginando la vida con él o con ella-lloré desconsoladamente. El me abrazó tan fuerte que su comprensión me traspasó de lado a lado.
-Encontraremos la manera. Confío en ti y con eso me basta-dijo él.
-Yo ya no creo en nada, ¿por qué la vida es tan traicionera?
-Ojalá pudiera hacer algo.
-Podrías tenerlo tú- pasé del llanto a la risa y de la risa al llanto.
-Oh, cariño, ojalá las cosas fueran fáciles por una vez. Estoy seguro de que lo conseguiremos. Mírame-levantó con su mano mi barbilla poniendo mis ojos a la altura de los suyos- eres tan fuerte que a veces incluso me asustas. Seguiremos luchando por nuestro sueño, estaré contigo siempre. Esto no es una promesa vacía, es un hecho. No me imagino la vida sin ti. Dicen que de todo se aprende y que lo que ayer nos parecía muy importante mañana es sólo pasado pero esto no es así. No me podría permitir olvidarte. Quiéreme eternamente porque te juro que me perdería sin tus buenas noches, sin tus caricias, sin tus pecas revueltas, sin tus sonrisas alegrándome cada día.

Le besé en los labios. Una dos y diez veces.

-Voy a intentar dormir.
-¿Quieres volver a verle?
-Nada me gustaría más ahora mismo.

Me abrazó por la espalda con sus manos alrededor de mi cuerpo, sus palmas en mi obligo. Me sentí tan en casa que la sensación me mareó durante unos segundos. Cerré los ojos y anhelé con todo mi ser retomar el sueño donde lo había dejado, con mi tesoro sostenido entre mis brazos.
Las manos agrietadas. Cada paso un reproche, cada caricia una astilla. Cada mirada una cerilla a punto de prenderse en despedida. Los ojos tan cansados incapaces de descifrar. Palabras huecas, mentira sobre mentira. ¿Quién eres tú? ¿Quién soy yo contigo?

De vuelta.

Es tanto el vértigo por tu ausencia que siento miedo. Miedo del mí sin ti. Miedo del despertar, de las inseguridades, del no saber cómo actuar. Hay momentos en la vida en los que piensas que estás en el lugar adecuado en el momento perfecto y de pronto todo encaja, sin hacer ruido. Y no necesitarías más, no aspiras a una vida diferente. Abres los ojos y todo se desvanece y entonces vienen a tu mente tantas imágenes que son difíciles de ordenar. Viajar, conducir por la costa, descubrir nuevos países, aprender de la gente, reír, ver las estrellas en el lado opuesto al sitio en el que te encuentras. Cantar a pleno pulmón bajo el agua, fotografiar el paraíso para no permitirte perder el más mísero de los detalles. Correr, pasear, remar a contracorriente. Qué hay más allá. Vivir con lo imprescindible, con billetes que no brillen al sol en tono morado ni verde. Cada mañana un café en un lugar, con compañía. Alguien que sólo necesite tus ojos para respirar. Olvidarte del resto de la civilización, dormir en hamacas tejidas de amor. Conocerte y enamorarme de tu ilusión. Volar sin necesidad de identificación. Sin facturar, sin peso, sin incredulidad. Conquistando territorios, de bandera pañuelos de mercadillo. Nuestras risas sonando sin timidez y tú regalándome tu olor a hogar donde quiera que estemos. Tengo ganas de saber cómo es tu rostro y el mío al escucharte divagar. Tengo ganas de escapar, de ser salvaje, de agotar el presente sin esperar nada más.