Tenía las manos entumecidas, torpes. Ejecutaba pequeños movimientos, lentos pero certeros. Tejía una bufanda color burdeos. La había hecho más larga de la cuenta, no le apetecía terminar. Se mecía en su llanto que no afloraba pero notaba amargo recorriéndole las venas, infectando su cuerpo magullado y cansado. Tenía sólo treinta años pero los baches del camino le hacían sumar décadas cada vez que soplaba las velas. Le escocían los ojos, hacía horas que no podía conciliar el sueño. Sobre la mesa de robre humeaba un café. quemaba sólo de mirarlo. Se humedeció los secos labios y siguió con su labor. De pronto sólo el teléfono. Un tono corto y desquiciante. No descolgó el auricular, sabía perfectamente quien era. Llevaba veinticuatro llamadas aquella mañana. Todavía no había superado el récord de las cincuenta y siete. Sonrió amargamente y siguió tejiendo. Intercaló entre los hilos la historia de su desamor. Nunca se la había contado a nadie, de su boca no habían salido las palabras que describirían la rabia y el dolor. Ella prefería hacer bufandas. Apiladas en la mesa había tres de esa semana. Le gustaba cómo había quedado la naranja, cálida para los días de frío invierno que estaban asolando la ciudad. Pasó la aguja de madera para rematar la tarea y notó el pinchazo en su dedo pulgar. Una gota de sangre salió a la superficie. Torció el gesto y se quedó mirándola. Era perfecta y brillante. Permaneció un segundo sobre la piel y acto seguido resbaló sobre su mano. No se levantó a curarse, dejó que la herida cicatrizara sola y que la sangre se secase al aire. Había aprendido eso recientemente. A veces es mejor no levantarse, ninguna bufanda merece ser interrumpida por una pequeña herida. Dobló la prenda con cariño y la dejó en su regazo. Un día de estos iba a tener que empezar a vivir. ¿De qué color podía hacer la siguiente? Gris-pensó-el gris siempre había sido su color.
Perfecta. Como siempre.
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