lunes, 26 de junio de 2017

-¿Por qué estás tan triste?

Giré mi cabeza ligeramente hacia mi derecha y me encontré con unos ojos color avellana que me observaban detenidamente. Sopesé si responder o no a un completo desconocido pero finalmente decidí ser cortés.

-Me han dado una mala noticia hace unas horas.
Continuó en la misma posición pero apartó sus ojos de los míos.
-¿Se puede arreglar?-dijo a cabo de unos segundos que me parecieron eternos.
-No lo creo.
-Hay muy pocas cosas que no se puedan arreglar
-¿Crees en los milagros?
-Sí.
-Me parece que entonces no vemos las cosas de la misma manera.
-¿Por qué?
-No soy alguien extraordinario a quien le pasen cosas inexplicables-respondí 
-Te equivocas.
-Pareces muy convencido y no me conoces.
-Te equivocas en eso también.
Torcí el gestó y mi postura se volvió rígida.
-Esto puede sonar algo psicópata pero solemos coincidir bastante en este metro. Tú te sueles bajar un poco antes que hoy y yo me quedo hasta el final de la línea. Nuestras vidas no van hacia el mismo destino pero se cruzan entre semana. Casi siempre lees, yo suelo contemplar el paisaje a través de la ventana.
-Vamos en un metro...
-No sabes la de cosas que aprendo, no todos los paisajes tienen puestas de sol y largas praderas donde hacer picnic en una tarde de primavera. Algunos tienen como protagonistas desconocidos con prisa, amantes que llevan rosas, parejas que se besan, niños que lloran, ancianos que pasean.
-¿Y yo soy la protagonista de alguno de tus paisajes?
-Oh, sí. Los jueves es el día preferido de la colección de mi museo.
-No me gustan los jueves, nunca me sale nada bien.
-Hoy es jueves.
-Ves, otro jueves que no rompe la regla.
-¿Nunca te habías fijado en mí?
-Lo siento, no suelo mirar mucho a la gente, me da vergüenza cruzarme con ojos que no conozco, prefiero la lectura.
-A ellos también los observas, a lo mejor quieren mantener su historia en secreto.
Me reí.
-¿Sabes? Yo los veo como los actores antes de empezar una función de teatro. Todos vestidos, detrás de las cortinas, les late el corazón tan rápido que se marean. Los focos se encienden, la gente se manda callar, reina el silencio en la sala. El apuntador está en su puesto, se corre el telón. Siempre están dispuestos a representarme su obra. A veces me distraigo y leo dos veces el mismo párrafo. Esa es su sensación de déjà vu.

Él se rió.

-Qué triste, ¿y no tienen vida más allá de la función?
-Claro que sí. Cuando cierro el libro se oyen los aplausos y se cierra el telón, se apagan las luces, se vacía la sala. El protagonista invita a la protagonista a tomar un café, el apuntador se va a sacar a pasear a su perro; un pastor alemán precioso. El director se encierra en su estudio, se enciende un cigarro y comienza a escribir otra obra de teatro. Tiene que darse prisa, las segundas partes no se escriben solas, contra menos aplausos haya mayor es el enganche que consigue en el lector.

Sus ojos estaban despiertos escuchándome. Tenía tantas preguntas que no sabía cuál formular primero.
-¿Y no envejecen? Siempre son los mismos personajes y las mismas historias, tienen que estar siempre iguales, ¿no?
-Por supuesto que no-mi voz sonó dulce-eso sería muy triste. Las historias envejecen, se arrugan sus cubiertas, sus hojas amarillean y a veces se pierden, se destruyen o se olvidan. Esa es la parte más oscura. Imagina la pena del director, mira a través del telón pero no ve público y piensa que se han olvidado de él. Piensa que la gente llena otros teatros y se va a su habitación, se encierra y se sirve una copa de coñac.
-¿Si no leemos libros fomentamos el alcoholismo en los escritores?
-Efectivamente.
Ambos nos reímos a carcajadas. Se pasó la mano por el pelo y echó la cabeza hacia atrás. La voz del vagón indicando la parada nos devolvió a la realidad.
-Yo me bajo aquí-dijo.
-Yo también-contesté.
-¿Dónde vas? Tal vez podría acompañarte.
-Voy al andén de enfrente-sonreí.
-Entonces puede que nos veamos el jueves que viene.
-Puede que sí.
-Ya no estás tan triste, me alegro.




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