Has tardado tanto en venir a buscarme que he podido recordar como era yo antes de conocernos. La luna está creciente esta noche pero como siempre, miente. La delgada línea que nos separaba se ha tornado en manto protector y ha pasado al otro lado, cubre mis hombros, me hace cosquillas en el cuello, me envuelve la piel, me quema las mejillas, me acaricia las rodillas. ¿Recuerdas el día en que nos conocimos? Tú dijiste algo que recordaré toda mi vida. Ahora sé que no tenías razón. Me sonríes a medias y frunces el ceño porque no sabes cómo empezar a hablar. Hueles dulce, me embriagas, anulas mis estímulos. ¿Dónde estabas? Me acuerdo de aquella vez, en aquella terraza sobrevolando el mundo. Las casitas tan pequeñas a nuestros pies y la vida que seguía, el aire era aire, las hojas de los árboles se movían. El tráfico incesante, ruidos de la paciencia agotada, bullicio en los bares, olores desagradables que se elevaban, calentaban, ascendían y volvían a bajar. Te movías en las dos direcciones que permitían tus botas al contacto con los adoquines que limitaban el terreno que se podía cruzar. Tus brazos extendidos, equilibrando el peso. Me mirabas entre tus mechones y cantabas una canción antigua, de vinilo empolvado. Separaste los labios y dejaste caer tres palabras que a mi me parecieron un universo; "Nunca me abandones".
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