Respiramos, nos ahogamos, nos sentimos avocados al fracaso venidero, maldecimos y creemos que el mañana será mejor. Tocamos fondo, nos damos impulso, salimos a la superficie, nos secamos al sol, nos creamos nuestra protección. Con los huesos rotos, con la piel helada, con las manos agrietadas. Componemos, nos caemos y volvemos a empezar. Nos engañamos, no queremos claudicar. Recomponemos los fragmentos, unimos los vértices, nos balanceamos en nuestra pequeña espiral. Revivimos.
¿Alguna vez has sentido que no acabas de encontrar tu lugar? Te preguntas si hay algo más allá o si eso es todo. Aspiras a vivir una vida que jamás te pertenecerá, te obsesionas con el futuro y dejas de disfrutar. No nos damos cuenta de que el ahora, el ya, el momento es lo que se está consumiendo como un pequeños fósforo en nuestros dedos. Nuestras yemas, nuestros cuerpos, comenzando a abrasar. El lugar de cada cual está donde quiera establecer su hogar. Puedes viajar alrededor del mundo y dejar tus huellas en cada frontera, en cada carretera. Puedes vivir cien años en el mismo lugar, con las mismas caras, las mismas mañanas, el mismo viento, el mismo olor, la misma sensación. Puedes llevar tu hogar contigo. Donde tú estés yo tengo el Norte y no hay nada como tu amor como medio de transporte. No tengas miedo, encaríñate diez veces con la misma piedra, sólo tú eres capaz de decidir cuando las cosas se tienen que terminar. Somos dueños de nuestras decisiones y errantes destinatarios de nuestros actos. Porque todo lo que sale de ti, para bien o para mal, llega el día en el que regresa.
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