sábado, 13 de septiembre de 2014

Caminaba de vuelta a casa. Caminaba mirando a su alrededor sin detenerse en nada en concreto. Y el sol de septiembre le bañaba la cara. Era una sensación dulce. Las copas de los árboles bailoteaban animadas con torpeza, como el primo que te saca a bailar en una boda pero es demasiado alto para seguir el ritmo acompasado. Sus pies decididos por el camino que otras tantas veces había andado y desandado. Se dio cuenta a medida que avanzaba que el aire que respiraba cambiaba a cada segundo, que los nudos que le ataban a esa casa eran tan frágiles que podía deshacerlos sin necesidad de mucho esfuerzo y atarlos a otro lugar. Las raíces que le sujetaban a la tierra se secaban al contacto del mismo sol que le acariciaba la piel. Era extraño, confuso. Crear un hogar como lo llaman no es otra cosa que sentirte en casa aunque no lo sea. Tu casa puede ser unos brazos que te envuelven y te protegen haciéndote sentir fuerte, unas manos agrietadas que conoces y recorres con las yemas de tus dedos con los ojos cerrados y la boca entornada, sonriendo al contacto de las terminaciones nerviosas acariciándote las entrañas. Nada es eterno, todo avanza. El cambio, el desconocimiento es el que aterra a algunos y es motor de movimiento para los soñadores despiertos.

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